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dilluns, 16 de gener del 2023

La soledad del cazador

Érase una vez un cazador. Desde bien joven había aprendido a valerse por sí mismo por lo que rara vez iba en compañía de alguien más. Le encantaba explorar todo tipo de lugares. Bosques, montañas, hasta ciudades… Allá donde los pies podían llevarle, allá que iba. Y es que disfrutaba de esos momentos de soledad durante los cuales podía apreciar todo cuanto le rodeaba en su plenitud, desde el rocío de la mañana hasta los movimientos del bosque al atardecer, el murmullo del viento en invierno y el aroma de las plantas cuando hacía calor.

Siempre se había mantenido ajeno al resto del mundo, viviendo sus propias aventuras. Sin embargo, prestar sus servicios a diferentes personas le permitió conocer a mucha gente. Con el tiempo, descubrió que estar con otra gente también era agradable. No sólo era divertido la compañía en los buenos momentos, si no que descubrió cuán reconfortante le era compartir también las penas con los demás. E incluso se percató de que no era invulnerable al amor y no dudó en irse a vivir con quien se había convertido en su compañero de vida cuando éste se lo pidió.

A pesar de ello, siempre guardaba sus momentos de soledad para sí mismo. Sobretodo, en determinados momentos del año, cuando la temporada de caza le llevaba a los sitios más silenciosos, prefería dejar al margen todo el trasiego social, aprovechando el tiempo libre para él y su compañero. Además, seguía sin gustarle las multitudes y muchos eventos sociales le eran de lo más extraños, incluso detestables. Y aún así siempre estaba presto para ayudar a sus amigos. Mas, pasados los años, descubrió que no era recíproco. A pesar que siempre estaba cerca por si le necesitaban, pareciera que nadie reparaba en él cuando desaparecía. A veces sólo estaban a su lado durante un breve lapso de tiempo, pero para cuando alguna empresa conjunta terminaba, parecía que la amistad también. El cazador era muy consciente de que el mundo seguía girando, y se aliviaba por no tener que estar pendiente de todo siempre, pero no podía evitar preguntarse porqué parecía que nadie le echara en falta, sin siquiera tenerle en cuenta en aventuras en las que él podría ser un gran respaldo. Cierto era que el cazador podía ser una persona de lo más enérgica, siempre dispuesto a la acción, y eso no era del agrado de mucha gente. ¿Pero por qué, sin embargo, a la mínima que se alejaba, todo el mundo parecía olvidarse de él? No lo comprendía.

Sucedió que, durante un tiempo, pensó que quizás si estaba más en contacto, la gente le tendría más en cuenta. Y así fue que, tratando de estar para todo el mundo, se volvió tan omnipresente que algunos se asustaron. Además, su energía desbordante y sus ganas de acción, perfectas para ejercer su profesión, eran agotadoras para muchos. Sin embargo, mientras estaba para aquellas personas a quienes quería agradar, se olvidó de estar para quienes de verdad le importaban, incluso de sí mismo. Ante tal trasiego por agradar a los demás, su salud empezó a resentirse, y entonces se encontró con que muchas de las personas a quienes no dudaba en ayudar, de repente dejaban de contactarle. El hecho de no recibir el mismo trato que él daba a las personas a quienes dedicaba tanto tiempo y esfuerzo, le causaba una sensación extraña. Se decía que tendrían sus propios problemas, pero no sabía por qué, cuando conseguía hablar con ellas, les respondía con enfado y mala fe a pesar del aprecio que les tenía. Llegaba un punto que no sabía si se alegraba de estar con ellas tras un tiempo sin coincidir, o si era mejor cortar todo contacto.

En un momento dado, cuando el cazador tuvo que marcharse durante un tiempo en busca de una presa considerable, descubrió a su vuelta que todas aquellas personas que habían estado cerca suyo mientras estaba por ellas, prácticamente se habían esfumado de su vida. Trató de restablecer el contacto, pero los demás le respondían con evasivas, si es que respondían. En verdad el cazador no sabía qué había sucedido. Sólo su compañero permanecía a su lado, atendiendo a las heridas que le causara su último trabajo.

Cuando al fin el cazador obtuvo respuestas de sus amistades, éstas se contradecían. A penas habían pasado unos meses y pareciera que todo el mundo se había peleado, reconciliado, aliado y traicionado a la vez. El pobre cazador sentía que le iba a estallar la cabeza tratando de seguir el hilo de lo sucedido, pero también su corazón. Más que enfado o rabia, sentía una profunda tristeza y una gran decepción porque sus supuestas amistades parecían más entusiasmadas peleándose entre ellas que en mantener el contacto con él. A pesar de los esfuerzos del cazador por estar a bien con todo el mundo, lo único que consiguió fue sentirse aún más solo.

Una mañana de invierno, sin embargo, tras semanas detrás de una pieza grande, el cazador despertó en la comodidad de su habitación. Su compañero seguía dormido, respirando profundamente y soltando algún ronquido. El cazador se levantó, se preparó un té, y se quedó mirando por la ventana de su escondite, en lo alto de un risco. El invierno había llegado al valle, como cada año, pero se dio cuenta de que su pequeño jardín no estaba preparado para el frío tras tanto tiempo de descuido. Suspiró, notando los cálidos rayos del sol invernal sobre su cuerpo dolorido tras los días ajetreados, e hizo trizas los últimos papelajos que había recibido como respuesta de sus amigos, echándolos al fuego. Su cuervo mensajero le miraba expectante, esperando a que en cualquier momento le mandaran de nuevo de viaje. El cazador, no obstante, lo tomó y lo llevó junto al hogar, sobre uno de los mullidos cojines que el cuervo usaba para descansar y donde le dejó un buen puñado de bayas.

- No hay mensaje que valga la pena enviar para malgastar energías en invierno - le dijo al ave, acariciándole el buche.

El cazador se estiró, cogió sus aperos de labranza y salió del refugio a la fría pero radiante mañana. Tras examinar el jardincito, se tomó unos momentos para observar el bosque. Seguro que los senderos estarían impracticables, después de tanto tiempo sin pisarlos, y ello le alegraba.

divendres, 13 de gener del 2023

Canviar-se de tren

Va entrar al vagó, sent conscient que anava tard a la feina. Era de les primeres parades d'aquella línia i ja hi havia gent dempeus per la falta de seients lliures. Es va dir que podria aguantar, recolzada al costat de la porta, però això era una mitja hora llarga fins la seua parada i dos estacions més tard ja veia que no anava a poder. Es va dir que esperaria a la propera per veure si baixava gent i, si no hi havia lloc lliure, baixaria ella també a esperar el proper tren. Potser això la faria endarrerir encara més, però també era cert que havia estat arribant aquella setmana uns deu minuts abans de mitjana i pensava que, per un dia que aplegara un poc tard tampoc seria gaire dramàtic. A més a més, hui li tocava estar tot el dia a la feina i això ja ho compensava.

A mesura que el comboi s'aturava, s'ho rumiava. Potser només tenia que esperar unes parades més, o potser si esperava a baixar més tard seria més complicat trobar seient en el següent tren. Va veure que el vagó es va omplir més que no buidar i es va decidir per baixar. Ni tan sols va tindre que esperar un parell de minuts quan va arribar el següent tren. Semblava igual de ple o més que l'anterior, però va visualitzar un lloc lliure. Estava entre dos xics tant espatarrats en els seus respectius seients que feien difícil de veure el buit. Ella va anar-hi directament, i es va entaforar entre els dos passatgers obviant la posició de les extremitats dels mateixos. Va fer una última mirada al seu voltant, satisfeta per trobar aquell raconet. Va treure el llibre de la motxilla i, amb el termo calentet entre les cuixes, es va ficar a llegir. No li importava que els seus companys tractaren de recuperar la postura, tornant a separar les cames; feia un poc de fred i l'escalfor que emanaven era reconfortant.

Va arribar a la seua parada i, de camí a la feina, va estar pensant que aquell era el seu penúltim dia de feina, la seua darrera setmana i una de les més exhaustes que recordava. Les tasques no eren gens complicades ni massa tedioses, però l'horari i la quantitat d'hores que hi feia fóra de casa li havien minvat la salut; i no era la primera vegada que li havia passat en llocs similars. La seua carrera universitària quedava força impressionant al currículum, i no obstant sentia que no acabava d'arrancar a nivell laboral, esperant sempre noves convocatòries que no arribaven mentre cobria l'expedient realitzant suplències en horaris rocambolescos a hores en transport públic de sa casa. I tot i què no li desagradava la feina, estava cansada de continuar preparant-se esperant una oportunitat que no arribava per a poder dedicar-se a aquella professió en la qual estava treballant des de feia més de 15 anys. I, de mentre, per altres circumstàncies de la vida, havia anat guanyant experiència en altres àmbits que li agradaven molt més, com havia desenvolupat altres coneixements i habilitats que potser li podien obrir altres camins.

Aquell xicotet incident al metro li va parèixer una metàfora de la vida, i va pensar com a vegades cada persona s'ha de crear les seues pròpies oportunitats. Es va convèncer que ja era hora de baixar del tren en el què els anys l'havien col·locat per a pujar a un altre. I just, amb aquest pensament, va arribar a la feina amb dos minuts de sobres.


diumenge, 8 de maig del 2022

La visitante en la puerta

Había una vez una casa bastante pequeña por fuera. Por dentro, no obstante, era más espaciosa de lo que parecía, mas tenía tantas y tantas cosas acumuladas en su interior que moverse entre ellas era… complicado. Además, la persona anfitriona que en ella vivía solía mover de sitio todas las cosas cada poco tiempo, dependiendo de las circunstancias del momento.

Aunque llegaba suficiente claridad del exterior a través de las ventanas, muchas veces la luz encontraba impedimentos para iluminar todo el interior a causa de todas las cosas que se iban acumulando. Por ello, en su corazón ardía un gran fuego en una preciosa chimenea central, que iluminaba allí donde la luz del exterior no llegaba. De hecho, podía ser tan potente que lograba iluminar el exterior cuando había oscuridad, distinguiéndose desde gran distancia.

Pero había que tener mucho cuidado con este fuego… A veces sucedía que habían tantas cosas rodeando la chimenea, que se quedaba sin oxígeno y ardía con unas pocas llamas que a penas podían iluminar. No obstante, cuando eso sucedía, la anfitriona quitaba todo aquello que estorbaba y lo reutilizaba como combustible para alimentar el hogar. Entonces el fuego ardía con tanta energía que podía quemar aquello demasiado cercano a él. Y siempre estaba el riesgo de que se descontrolara con los fuertes golpes de viento que a veces se colaban a través de las ventanas y la puerta abiertas cuando había visita. Porque la casa tenía muchas ventanas, muy grandes, y tanto éstas como la puerta pocas veces se cerraban; y, si lo estaban, nunca era con pestillo.

En realidad, era muy fácil entrar y salir de la casa. Muchas personas se asomaban por las ventanas a saludar, ora curiosas ora impresionadas por el fuego. Mas, una vez dentro, pocas visitantes se atrevían a ir más allá del umbral. Por un lado, las cosas acumuladas de la casa mantenían una barrera de ominosas sombras que parecían en movimiento por la oscilación de las llamas, y poca gente era capaz de ver otra cosa que las amenazantes sombras. Por otro lado, el propio fuego solía asustar a aquellas personas que se le acercaban demasiado, pues tal podía ser su potencia que mucha gente invitada terminaba huyendo por miedo a quemarse. Otras veces, no obstante, el fuego a penas conseguía iluminar el corazón de la casa y ello hacía que algunas personas se sintiesen defraudadas. Fuese por una cosa u otra, las invitadas al hogar marchaban, a veces por un tiempo, pero con demasiada frecuencia para siempre. No obstante, para aquellas personas que se atrevían a traspasar la barrera de sombras, había varios pasillos accesibles hacia el hogar. Y, si lograban superar el susto inicial de aquel potente fuego, en realidad no era demasiado difícil acostumbrarse a él. Además, si en algún momento les parecía apabullante, siempre podían alejarse un poco, e incluso salir de la casa, hasta que necesitasen su calor de nuevo.


Ocurrió que, en un momento dado, una de las vigas de la casa se resintió y la estabilidad del edificio se vio amenazada. Algunas de las cosas, apiladas en precario equilibrio desde hacía tiempo, terminaron cayendo justo encima de la chimenea y a punto estuvieron de ahogar el fuego. Para cuando la anfitriona pudo despejar la zona, las llamas pillaron de improviso a una de las personas invitadas y, aunque en realidad no le tocaron, ésta marchó bruscamente de la casa, pues hacía tiempo que estaba incómoda con la potencia del fuego. El caso es que dio tal portazo al salir, que la puerta quedó desencajada de las bisagras. Y era tan complicado mantenerla cerrada, que las ráfagas de viento se colaron provocando que las ya por entonces agotadas llamas se debilitasen aún más.

Por más que la anfitriona se pusiera manos a la obra en reparar la puerta, debía ocuparse del fuego así como del resto de cosas para que no ahogaran del todo las llamas ni molestasen al resto de invitadas que le ayudaban a mantenerlo. Y en ello estaba cuando dio la casualidad de que alguien pasaba por ahí. Aunque había visto el resplandor, en esos momentos ténue, del interior de la casita, su atención estaba puesta en la puerta rota. Cuando la anfitriona la vio justo en el umbral de la casa, trasteando las bisagras, pensó que quizás aquella visitante había tenido alguna experiencia con puertas dañadas. Sin embargo, sabía que sólo ella, como anfitriona, podía reparar la puerta de su casa, nadie más, así que se acercó a la azarosa visitante y le invitó a pasar. Si quería ayudarle realmente, podría mantener el fuego como el resto de invitadas que visitaban el hogar.

La recién llegada dejó que la anfitriona le acomodara junto al fuego. Sin embargo, a penas las llamas fueron recuperando energía, la visitante regresó junto a la entrada donde la anfitriona seguía en las tareas de reparación. Había conseguido arreglar la puerta en parte y, pese que aún no encajaba del todo, al menos se podía cerrar. Por ello, la visitante se quedó dando indicaciones a la anfitriona de cómo tenía que proceder, a lo que la anfitriona hacía en verdad poco caso. Sin embargo, le gustaba escuchar a aquella persona, cómo parecía preocupada por la casa, aunque detestaba cuando, cada poco, la visitante la apartaba, le hacía mirar fíjamente la puerta y le preguntaba cómo la veía. "¿Bien?", respondía la anfitriona, confusa por la petición; sabía que estaba haciendo un buen trabajo, pero entonces la visitante le volvía a dar indicaciones que normalmente le resultaban poco útiles, pues los problemas de los que le hablaba pocas veces podían aplicarse a aquella situación. Muchos coincidían, sí, pero era algo que la casa había superado muchos años atrás y la anfitriona ya tenía experiencia en ellos, y otros eran casos que no habían afectado en nada por el tipo de estructura del edificio. Y, sin embargo, la visitante se empecinaba en volver una y otra vez a ellos. Mientras, la anfitriona trataba de llevarla de nuevo junto al hogar una y otra vez, mas la recién llegada esquivaba los intentos de la anfitriona.

Además, sin tantas corrientes de aire, las llamas habían recuperando su potencia lo que abrumaba cada vez más a la visitante quien no terminaba de decidirse, pues quería seguir ayudando en aquella casa. Y así fue que, en vez de desaparecer como tantas otras personas antes, cada vez que visitaba la casa se quedaba justo entre las jambas, sin entrar, pero permaneciendo ahí mucho rato. De esta manera seguía dentro del edificio, creyendo que podía ayudar a la anfitriona con la puerta sin que el fuego le molestase. Sin embargo, no se daba cuenta de que la entrada se mantenía demasiado tiempo abierta y el viento se colaba de nuevo haciendo que las llamas se descontrolasen. Y, así, el fuego ardía caóticamente mientras tanto, incomodando al resto de invitadas pues el calor les llegaba de manera desigual e incluso a alguna le había quemado.

La anfitriona trató de mover a la recién llegada, tirando de ella hacia el interior. Pero el fuego seguía ardiendo demasiado para su gusto, por lo que se soltó y volvió junto a la puerta. Entonces la anfitriona optó por empujarla hacia fuera para que se apartara y poder cerrar, pero la visitante insistió en quedarse para ayudar a reparar la puerta del todo. El problema era que sólo la anfitriona podía hacerlo y, pese a que quería que la recién llegada se quedara, su labor era la de cuidar del fuego a lo que la visitante se negaba. Además, mantenía a la anfitriona tan ocupada que ésta estaba descuidando el resto de cosas, al resto de invitadas, y al propio hogar.


Quien narraba la historia se quedó en silencio. Parecía haber terminado el relato.

- ¿No hay más? - preguntó quien escuchaba - ¿Ese es el fin?

- Depende de si la persona se queda o si se marcha. Si se queda, puede ayudar a mantener el fuego estable junto con el resto de invitadas, para que la anfitriona pueda reparar la puerta mientras tanto, aunque para ello tendrá que acostumbrarse al calor. Si se marcha, la anfitriona no deberá preocuparse más por el viento y, con el tiempo, podrá reparar del todo la entrada.

- ¿Y no habría una tercera opción?

- ¿Qué sugieres?

- Quizá la visitante pueda irse, por un tiempo, para ocuparse de sus propios asuntos. Así dejaría a la anfitriona tranquila para que arregle la puerta y podría visitarla más adelante… Porque has dicho que las invitadas pueden marcharse.

- Sí, claro. Todo el mundo tiene asuntos propios que atender, y tienen sus propias casas. Cada invitada se puede marchar. Y siempre pueden volver, aunque para algunas personas el camino de regreso junto al fuego quizá sea distinto.

- Pero siempre habría una manera de acceder, ¿no?

Quien narraba la historia sonrió con tristeza, encogiéndose de hombros.

- Siempre es mucho tiempo. La cuestión es cómo aprovecharlo.