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dimarts, 21 de setembre del 2021

Viejos rencores

Continuación de Viejas consecuencias. Podéis consultar el inicio en Viejos conocidos.

El joven rodó por el suelo. Sintió cómo el jabalí le pateaba, pero aún así consiguió apartarlo con tal empujón que sintió sus brazos resentirse. El animal sacudió la cabeza, aturdido, y volvió a la carga. O lo intentó al menos, pues de repente tuvo encima al enorme perro-lobo tratando de alcanzarle la yugular. El jabalí pudo zafarse de las fauces gracias a su hirsuto pelaje, pero no del lanzazo que le atravesó el costillar.

El perro-lobo se acercó a su presa, ahora abatida, la olisqueó, y acto seguido se abalanzó sobre el muchacho, aún arrodillado en el suelo, y le dio un lametazo en toda la cara a modo de saludo. Él se levantó con gran esfuerzo, contemplando el hermoso ejemplar que era el jabalí. Perfectamente tendría un tercio de su peso.

La mujer se aproximó hacia ellos hasta que estuvo a suficiente distancia como para reconocerle. Ahora que la tenía delante, él no sabía qué hacer. No podía reaccionar, sólo esperar algún movimiento por parte de ella, pero la mujer parecía igual de paralizada. Al fin, ella gritó de tal manera que asustó a las aves de aquella zona del bosque:

- ¡Hola!

Y rió de pura alegría. El joven se forzó a sonreír y notó que tenía los ojos llorosos de felicidad, pero también de dolor. Se dio cuenta entonces de que sangraba en el muslo, ahí donde el jabalí le había clavado el colmillo. La mujer corrió hacia él, pero no consiguió llegar a tiempo para sujetarle por lo que el chico cayó al suelo. Seguía consciente por lo que él mismo se pudo arrastrar hasta quedar recostado sobre unas raíces mientras la mujer le trataba la herida. Por su parte, el perro-lobo se había quedado sobre el cuerpo del jabalí que seguía con la lanza del joven clavada. Por suerte, la herida del muchacho no era profunda por lo que, tras frenar la hemorragia, consiguió ponerse de pie.

La mujer desclavó la lanza del jabalí, examinándola minuciosamente. Al fin, negó con la cabeza, como decepcionada, y se la pasó al muchacho quien la usó como cayado para no forzar la pierna herida. Ella se dedicó entonces a preparar la pieza, tomándose unos instantes para agradecer a los espíritus del lugar su obtención, tras lo cual vació las entrañas dejando únicamente las partes que iba a utilizar. Ató la zona del vientre de manera que la herida quedase menos expuesta y el resto de vísceras se mantuviesen dentro del cuerpo, y lo hizo de tal manera que el arrastre del mismo no fuese demasiado farragoso. Uniendo ambos extremos de la cuerda, ideó un arnés para que el perro-lobo proporcionase la mayor parte de la fuerza en el traslado de la presa. Y cuando estuvo todo listo, se pusieron en camino hacia el hogar de la mujer.


Ella vivía en una gran granja, una especie de refugio independiente con otras personas que, como pudo comprobar, formaban una gran tribu. Se trataba de gente que había huído de su región natal, fuese más cerca o más lejos. En la granja no importaban los lazos de parentesco, existentes o no, pues todas las personas integrantes cuidaban de los demás, y aunque habían varias parejas establecidas, la crianza de los pocos pequeños se llevaba a cabo entre todas. Aunque no era la primera vez que el muchacho se encontraba con un grupo similar, sí era el más grande que había conocido, y le sorprendió sobretodo que la mujer formara parte de aquella. Se había imaginado que ella viviría en soledad en una cabaña en el bosque, o quizá en una cueva. No se imaginaba que aquel lugar tan concurrido pudiese ser su refugio. Y lo que más le asombró fue descubrir, además, que, lejos de tener marido, tenía varios compañeros quienes no reclamaban derechos sobre ella, ni ella sobre ellos; de hecho, algunos de ellos tenían otras relaciones, y a su vez éstas tenían otras, lo que terminó de descuadrar al muchacho.

Uno de ellos, el que vivía con la mujer y parecía ser su compañero principal, le acomodó en un rincón cerca del fuego en la cabaña que era su hogar. Allí el joven pasó los primeros días hasta que su pierna mejorase, teniendo como compañía al perro-lobo quien, en una mezcla de simpatía y desconfianza, le dejaba pocas veces solo. En las noches en las que la herida le dolía especialmente, la mujer le acompañaba, contándole historias sobre la tierra donde estaban, anécdotas de sus vivencias, y algunas leyendas de otros sitios lejanos hasta que él conseguía dormirse. A veces ella también cantaba, y aunque su voz no era especialmente melodiosa, sabía entonar con gracia y al joven le resultaba reconfortante. El muchacho despertaba con ella dormida a su lado, proporcionándole calor en la espalda en las noches frías tan frecuentes en aquellas latitudes. Y pese a que la mujer siempre abandonaba el rincón nada más amanecer para dedicarse a sus tareas, algunas veces le despertaba su sonrisa mientras le acariciaba la frente, quizás para comprobar que no tuviese fiebre o como simple gesto cariñoso.

Sin embargo, cuando el joven hubo recobrado las fuerzas, le instalaron en otra zona de la granja, en una cabaña al lado de la forja lo cual fue un alivio pues la fragua estaba siempre caliente y el calor se expandía por la pequeña construcción. Al poco, él también empezó a colaborar en las tareas, pero sobretodo entretenía a los habitantes con historias de las tierras del sur y no pocas veces se formaban corrillos con las personas más curiosas de aquella peculiar tribu a su alrededor, e incluso hasta bien entrada la noche había gente por la pequeña estancia haciéndole compañía. Casi siempre mujeres, aunque también hombres de cualquier edad le rondaban, curiosos, sorprendidos por las palabras sabias de aquella mente tan joven. Y prácticamente todas las noches, cuando no tenía ningún otro compromiso, la mujer regresaba con él tras trabajar en la forja, y se dormía de tan cansada como estaba mientras él le contaba qué tal había sido su día. Una noche en que ella descansaba con la cabeza apoyada en su hombro, él examinó su rostro bajo la luz de la hoguera, contemplando las cicatrices de diferentes combates y las leves arrugas que se perfilaban en el contorno de los ojos y en las comisuras, tratando de adivinar su edad. En parte le recordaba a su madre, pero conforme la conocía más, se daba cuenta de que era muy diferente. Recordaba a su progenitora, tan sabia pero a la vez subyugada a su padre y resignada a los caprichos del violento monarca. Y no pudo evitar pensar el motivo real que le había traído hasta ahí, la sospecha de que aquella mujer, la misma que dormía plácidamente a su lado, hubiese sido la única persona que le había plantado cara a su padre, el rey, y quizá la causante de su fatal final.

Pero no tenía pruebas. Se había olvidado completamente del asunto, dejándose arropar por aquella gentil y peculiar familia, sin más preocupación que preguntarse si la mujer volvería a su lado cada noche. Pero, ahora, mientras observaba su rostro sereno, recordaba su propio hogar, con todo el caos que la muerte de su padre había generado. Se preguntaba si sus madrinas estarían bien, y cuanto podría aguantar el reino sin un ejército que lo defendiese tras aquella guerra civil en que sus hermanos mayores, herederos directos del monarca, perdiesen la vida a manos el uno del otro.

Se levantó con cuidado de no despertar a la mujer, dejándola recostada frente al fuego, y salió al exterior de la cabaña. El frío era tan cortante que a poco estuvo de entrar de inmediato, mas al levantar la mirada al firmamento, se quedó de pie, observando el cielo limpio, estrellado, con una luna menguante acabada de despertar. Calculó cuanto tiempo llevaba en aquellas tierras y se dio cuenta de que a penas llevaba una marea. Sin embargo, el invierno había avanzado tan rápido que le daba la sensación de haber estado más tiempo.

Cuando la mujer abrió los ojos, se vio sola sobre las pieles que aislaban su cuerpo del suelo. El fiel perro-lobo estaba cerca, también acostado, señalando con el hocico al exterior. Ella cogió su manto de pieles y salió fuera de la cabaña, donde encontró al muchacho de pie, arrebujándose como podía en sus brazos con tan solo su túnica mientras observaba el cielo. Al sentir la mano de ella en su espalda, se sobresaltó ligeramente, pero dejó que le tapase con su propio manto a la par que se entrelazaban en un abrazo, casi de manera inconsciente. Él le transmitió sus preocupaciones por su tierra, y ella contestó que pronto caerían las primeras nieves y que sería un suicidio hacerse a los caminos hasta que no llegase la primera luna de primavera.

Y le preguntó qué hacía allí. Él rumió la respuesta y, tras un largo instante, le respondió que estaba siguiendo la pista del asesino de su padre, y le contó cómo habían encontrado el cadáver río abajo, con el pecho atravesado por una lanza. Ella recordó lo sucedido en la poza, pero no dijo nada sobre aquello al joven. En cambio, le preguntó de nuevo por qué estaba ahí, junto a ella, a lo que él la abrazó tan fuerte que la mujer tenía la cara pegada a su pecho, sin poder ver el semblante del joven, pero sí escuchar su corazón acelerado. Tras pensarlo, él le respondió que la había estado buscando para que le ayudase. Y ella, pese a sospechar los pensamientos del joven, asintió dejando que los brazos de él continuasen rodeándola con tal fuerza que le dolía.

- Pero, antes - dijo ella al cabo de un rato, separándose de él -, te haré una lanza nueva.

Y se fue a su propia cabaña, dejando al muchacho con su manto y con el perro-lobo.


Aquella noche no durmieron juntos, y el joven sintió un temor que no conseguía identificar. Sin embargo, cuando ella le despertó nada más despuntar el alba, con aquella sonrisa de siempre, se disiparon todos sus miedos.

Aquel día se irían al bosque. El muchacho cogió su lanza por primera vez desde que llegase a la granja y se dio cuenta de que el asta estaba fracturada. Aún estaba entera, pero era cuestión de tiempo que, con algún mal golpe, se terminase de quebrar. La mujer le comentó que quedó así tras clavársela al jabalí. El joven, quien no estaba acostumbrado a hacer muestras de fortaleza física, se quedó impresionado por su propia hazaña y no pudo evitar sentir cierto orgullo de sí mismo. Ella sonrió al ver el brillo de satisfacción en sus ojos, y le prestó su propia lanza. Él la sopesó y quedó impresionado por la ligereza a pesar de la punta de metal, mucho más resistente, afilada y cuidada que el de la suya, la cual estaba completamente mellada, con algunas muescas que no estaban ahí antes de enfrentarse al jabalí. Comprendió entonces que su proeza había sido aún más grande de lo que había imaginado y, esta vez, se sonrojó tanto que la mujer estalló en carcajadas. Además, el diseño de la lanza de ella era ligeramente diferente, más estilizado. Él se quedó mirando, ora el metal ora a la mujer, quien soltó una risita mientras se ponía en camino seguida del perro-lobo, y el joven ya no tuvo ninguna duda. Se burlaba de él, estaba seguro, y eso le puso furioso, pero no dijo nada al respecto ni tampoco lo mostró, manteniendo su talante sereno de siempre. Simplemente la siguió por el bosque, tratando de aguantar el ritmo, aunque no le costó demasiado pues ella se detenía cada poco, explicándole cosas sobre los árboles y las plantas y los rastros animales que encontraban. Iba con su arco, el carcaj, un hacha de mano y un cuchillo largo, armas hechas por ella misma, además de una cantimplora de piel y varias bolsas de cuero. Iban a aprovechar la salida para cazar y buscar madera para el palo de la lanza. Él le preguntó si tenía pensada algún tipo, a lo que ella respondió que los dioses y los espíritus del bosque proveerían.

A pesar del frío, el joven estaba en verdad tan contento de estar al aire libre que debía hacer grandes esfuerzos para mantener el enfado. La mujer se había ido aprovisionando de frutos secos y de algún animal pequeño que les sirvió de alimento durante la jornada. El muchacho quedó maravillado cuando ella ensartó a una tórtola en pleno vuelo. Por su parte, él terminó cargando con el hacha y algunas de las bolsas con hierbas y frutos que luego servirían para ampliar la despensa de la granja. Sin embargo, cuando ya empezaba a caer la tarde y estaban de vuelta, el joven empezó a notar el cansancio, además de que no habían conseguido madera para su lanza. En el último alto, después de que la mujer hubiese apretado el paso para volver antes de la noche a la granja, el joven se negó a moverse si ella no le conseguía la madera. Ella se sorprendió porque de repente él mostrara aquella actitud, pero dio un rodeo por la zona, dejando al perro-lobo en su compañía. Tenía presente no sólo la actual constitución del muchacho, si no también su pauta de crecimiento recordando la altura y complexión de su padre, pero ninguna rama le pareció adecuada para él. Sólo un pequeño roble de poca altura podría cumplir con las espectativas, pero le parecía tan joven que le sabía mal cortarlo, por lo que pasó de largo. Sin embargo, cuando regresó con el muchacho, descubrió que éste había desaparecido junto con el perro-lobo. Consiguió rastrearlos y en poco tiempo dio con ellos, siguiéndolos de lejos, como cuando acechaba a una presa. Él hablaba todo el rato en voz alta, como manteniendo una conversación con el animal. Estaba resentido porque ella estuviese jugando con él, engañándole y tomándole el pelo, a la vez que le lanzaba un palo al perro-lobo que el animal le devolvía. Ella no sabía a qué se refería, pero por más que prestaba atención no conseguía entender el hilo de pensamientos del muchacho. Además, nunca antes se había mostrado enfadado, y la mujer empezaba a preocuparse porque le recordaba a su padre, el violento reyezuelo.

El perro-lobo y el joven llegaron justo al lado del pequeño roble. Él aprovechó para apoyarse en el tronco, pues de alguna manera le resultaba menos amenazador que los árboles más grandes, y se dio cuenta de que se había perdido. Mas entonces se giró y vio a la mujer a media docena de metros de donde se encontraba, de brazos cruzados, observando con una sonrisa socarrona. Era obvio que les estaba siguiendo desde hacía tiempo, pero el joven no había sido consciente hasta verla de frente. Él, aún enfadado, no pudo evitar sentir un ligero alivio, pero entonces se preocupó por lo que ella pudiese haber escuchado. Sin embargo, la mujer simplemente le preguntó qué tal el paseo, estando tan cansado. El joven respondió que le pareció buena idea ir avanzando el camino, pues estaba seguro que ella les daría alcance enseguida, como había hecho, y le preguntó si había encontrado su madera mientras se recostaba sobre el tronco del arbolillo, cuya copa se zarandeó. Ella respondió que aún no, pero que no tardaría en encontrar algo mientras miraba caer las pocas hojas del roble. Entonces se oyó un crujido y el joven rodó por el suelo.

Ella se acercó rápidamente al ver que él no se movía, y lo encontró estirado cuan largo era en el suelo, con cara de circunstancias. La mujer le preguntó si se había hecho daño, a lo que el muchacho dijo que no, y entonces ella empezó a reir a carcajadas, asustando a aquellos animalillos que aún no se habían acostumbrado a tal sonido. Él se incorporó, visiblemente molesto, por lo que, en cuanto se recompuso, la mujer le dijo que había encontrado la madera perfecta para su lanza. Le pidió el hacha de mano, a lo que el muchacho se la tendió, ofreciéndole el mango. Sin embargo, cuando vio que ella lo había agarrado, tiró con tal fuerza que la mujer, confiada, trastabilló y sólo bastó ponerle la zancadilla para que cayera sobre él. El joven la cogió, amortiguando en parte la caída, pero luego rodaron por el suelo hasta que él se puso encima.

Durante poco más que un suspiro, él la tuvo inmovilizada. Ella se sintió amenazada hasta el punto de que no dudó en sacar el cuchillo, a pesar de que el muchacho le presionaba el pecho con el peso de su cuerpo, dificultándole la respiración y los movimientos. Sin embargo, al cruzarse la mirada, los ojos furiosos de él se calmaron, aflojando la presión sobre ella pero sin quitarse de encima. La mirada dura de ella, no obstante, se mantuvo un tiempo más, con el cuchillo apuntando a las costillas del joven sin que éste fuera consciente, preparado para clavarse al más leve movimiento de la muñeca.


En qué estaba pensando, ni él mismo lo sabía. De repente le había parecido buena idea darle un susto, pero cuando la tuvo sujeta, algo dentro de él le decía que debía pagar por su crimen. Vio el hacha de soslayo, su filo brillante al alcance. La mujer, debajo suyo, no había ofrecido resistencia cuando habían rodado por el suelo, y ahora le clavaba los ojos. Traicionados, decepcionados, tristes. El joven recobró la compostura. No estaba en su naturaleza matar a sangre fría. Además, ¿cómo hacerle eso a alguien a quien tenía tantísima estima, alguien que le había ayudado y cuidado con tanto esmero y cariño?

El muchacho se recolocó, aflojando la presa de manera que su cuerpo no fuese un impedimento para los movimientos de la mujer, pero se mantuvo encima. Era la primera vez que podía sentir el cuerpo de ella por entero, el calor que irradiaba, y la amalgama de aromas que desprendía su piel y sus cabellos junto con los ropajes de cuero y el sudor le excitaron. No le importaba la edad, ni la condición, ni lograba entender si había un sentimiento más profundo. Simplemente, la deseaba.

La mujer captó todo ello en los ojos del joven, perpleja al sentirse correspondida. Había sido muy consciente de lo que estaba haciendo cada vez que le visitaba por las noches, en cada caricia y en cada abrazo que él le devolvía, pero hasta entonces creía que el muchacho sólo era cariñoso. Ahora veía que algo más había arraigado en su interior, lo mismo que en ella.

Él apartó la mano lejos del hacha, deslizándola hacia las caderas de ella. La mujer sintió cómo el muchacho tanteaba de manera diestra, demasiado para alguien tan joven, buscando un hueco entre las ropas por el que alcanzar su piel. Se sonrió y se dispuso a hacer lo propio, sintiendo el calor bajo el refuerzo de cuero que la protegía y abrigaba conforme recorría el torso fibroso de él, y aunque se resistía a soltar el cuchillo, prácticamente lo había dejado caer cuando el perro-lobo se abalanzó sobre ellos, reclamando la atención. La mujer lo apartó, risueña, y el joven le lanzó un palo que el animal no dudó en perseguir. Entonces ella fue consciente de que el sol tardaría poco en desaparecer por el horizonte y que aún les quedaba un trecho hasta llegar a la granja. Se levantó, azorada, y transmitió su preocupación al muchacho quien clavó la mirada en el filo del cuchillo en la mano de ella antes de que lo enfundara. Y esta visión fue como si le hubiera clavado directamente el arma, pues en ningún momento el joven había sido consciente de que la mujer tenía el cuchillo a mano mientras estaban en el suelo. 

Ella le tendió la mano, pero él únicamente le devolvió una sonrisa sarcástica y se levantó por su propio pie. La mujer se encogió de hombros y, con el hacha, empezó a cortar el resto de corteza que quedaba de la unión del tronco, limpiándolo de ramas hasta que le quedó únicamente la parte gruesa. Lo cargaron entre los dos hasta la granja, a donde llegaron entrada ya la noche.

dimecres, 28 d’abril del 2021

Viejas consecuencias

Continuación de Viejos conocidos.


La mujer limpió el metal en el agua, sin prisas, y descendió de nuevo hasta la poza. El rostro del rey mostraba una sonrisa bobalicona al cielo, mientras su sangre espesaba el agua. Había caído a muy poca profundidad, por lo que la corriente no conseguía mover su cuerpo rollizo. Ella lo examinó y extrajo todo objeto de valor que encontró. Luego lo arrastró, con la ayuda del perro-lobo, a una zona más profunda y dejó que el agua se lo llevase.

Aún tardaron un par de días en llegar a la aldea natal de la mujer. Para su familia fue toda una sorpresa, y festejaron su regreso con tal regocijo que prácticamente todos los vecinos se unieron a la celebración. Finalizados los festejos, la mujer empezó a interesarse por la situación del reino, y lo que escuchó sobre las correrías del rey no era bueno. Cuanto más indagaba, se percató de que en verdad nadie echaría de menos al monarca, más bien al contrario. Y, si en algún momento hubiese sentido remordimientos por lo sucedido, éstos se disiparon completamente.

Poco después de su llegada, sin embargo, empezaron a circular rumores de que el rey había desaparecido. Algunas voces apuntaban a que habían sido sus propios lacayos quienes lo habían liquidado. Otras que al fin los dioses habían atendido a los ruegos y se habían llevado al detestado soberano. Y unas pocas de que había muerto por sobreesfuerzo al intentar perseguir a unas adolescentes. Al principio el ambiente en la aldea parecía hasta relajado, pero no tardó mucho tiempo en generarse una aura de incertidumbre sobre qué sucedería si el rey hubiese desaparecido en verdad, y quién reclamaría el trono. Por supuesto, la mujer mantenía la boca cerrada y ni siquiera dijo nada a sus familiares, mostrándose tan convincente en su indiferencia que pasaba desapercibida cuando los vecinos se reunían en corrillos para compartir las últimas habladurías. Así lograba enterarse de cual era el rumor del momento, andándose con ojo de que ninguno hiciese relación a lo que de verdad había ocurrido.

Pero si en la aldea el ambiente era de intranquilidad, en la corte era de desasosiego. Mientras la mujer había estado celebrando su propio regreso, la comitiva real había llegado a la capital. Del soberano sólo pudieron encontrar el arco, abandonado en el bosque, y a sus exhaustos sabuesos cuyo instinto les había hecho regresar al no poder dar caza al ciervo, y ni siquiera ellos pudieron encontrar a su dueño. Las acusaciones contra los acompañantes del rey no se hicieron esperar y estalló un conflicto entre ellos y los consejeros del monarca. Durante días, unos y otros se hostigaban, primero a base de puyas indirectas, pero cuando unos pescadores encontraron el cuerpo del soberano río abajo, el conflicto fue declaradamente abierto. Sólo las esposas del rey, en su sabia prudencia, siguieron con su día a día manteniéndose al margen del enfrentamiento. Y, con ellas la mayor parte de la progenie del monarca, demasiado jóvenes aún como para tomar parte, excepto los tres hijos de más edad. El más mayor, quien sería heredero directo al trono, había unido fuerzas entre los consejeros del rey mientras que el segundo se había unido a los compañeros y amigos guerreros de su padre. Pero el tercero, si bien tenía posibilidad de acceder al trono a la muerte de los otros dos, tomó otro camino. 

Se trataba de un joven que, pese que había demostrado su madurez de sobras en todos los aspectos, aún no se había casado. Había preferido viajar, haciendo las veces de emisario y de diplomático para con su reino, y había seguido en contacto con su madre y las otras esposas de su padre, ora disfrutando de su compañía, ora aprendiendo de ellas, incluso hasta después de la muerte de su progenitora años atrás. De hecho, había regresado del último viaje poco antes de que se descubriese el cuerpo del rey varado en la orilla del río.

Ocurrió que, como mandaba la tradición, eran las esposas del monarca quienes debían preparar el cuerpo del soberano para las ceremonias fúnebres. El joven, siempre solicito y curioso, les ayudó en la tarea, y fue así cómo descubrió que el cuerpo, pese a la hinchazón por el agua y la inminente podredumbre, tenía una grave herida en el pecho. El despierto muchacho empezó a pensar que, en efecto, alguien había asesinado a su padre, pero tras comparar las diferentes armas que había usado cada integrante de la partida de caza, llegó a la conclusión de que ninguno de ellos era culpable.

Sin embargo, cuando trató de explicar sus pesquisas a sus hermanos, éstos estaban demasiado ocupados en pelearse el uno contra el otro. El conflicto se había agravado de tal manera que ninguno de los bandos veía la necesidad de esconder la violencia. El suelo de la capital se tiñó de sangre y la gente empezó a huir a las aldeas vecinas. Por su parte, el tercer hijo del rey, preocupado porque sus madrinas sufriesen algún daño, les ayudó a buscar refugio. La mayor parte consiguieron volver con sus respectivas familias, ya fuesen nobles o plebeyas, e incluso algunas extranjeras se pusieron en camino hacia su tierra natal llevándose con ellas a sus hijos. Pero aún habían quedado muchas que no tenían a dónde ir y el tercer hijo del rey las condujo al bosque.

Y ésto llegó a los oídos de la mujer quien, tras permanecer un tiempo en la aldea de sus padres, decidió merodear por el resto del reino antes de que empezasen las primeras heladas. Allí donde iba pasaba como una peculiar sin techo, acompañada siempre del perro-lobo y cargando su impoluta lanza, haciéndose pasar por una trotamundos perdida. Pero no lo estaba. Sabía lo que estaba buscando, y vaya si lo encontró: cuando llegó a la capital del reino, no le requirió un gran esfuerzo para averiguar que los hijos del rey habían hecho sendos bandos y se estaban peleando por el trono. Mientras, los ciudadanos huían casi en desbandada a otras aldeas, en busca del refugio familiar, o al bosque, allí donde pudiesen estar lo suficientemente lejos del conflicto. Fue así como la mujer conoció a las esposas del monarca y, entre ellas, al tercer heredero al trono. Les ayudó a establecer un refugio y, cuando las necesidades básicas de todo el mundo estuvieron cubiertas, instruyó a las esposas a organizarse para servir como punto de anclaje a la población. Colaborando en la labor estaba el tercer hijo del rey cuyo único pensamiento era que el resto de su familia estuviese a salvo de la batalla. Para la sorpresa de todos, resultó que las esposas del monarca supieron arreglárselas para organizar a sus subditos, resolviendo los diferentes problemas que iban surgiendo con inteligencia y siempre buscando la colaboración y el beneficio de todas las partes. No en vano, entre ellas se encontraban brillantes hijas de nobles de otras regiones de aquella parte del mundo, las cuales habían sido instruidas en diversas artes y disciplinas; y aquellas de más humilde origen tenían el conocimiento de la tierra donde se habían criado así como la sabiduría para conectar con la gente. Entre todas, mostraron sus grandes capacidades de liderazgo hasta formar una comunidad fuerte que podría sobrevivir durante el invierno en el bosque.

Llegó un momento en que los habitantes de la capital, liderados por aquel equipo de sabias féminas, fueron autosuficientes, y ello permitió al tercer hijo del rey retomar sus andanzas por los reinos vecinos. Algunas veces acompañado por las esposas de su padre que eran oriundas de aquellas regiones, pero las más de las veces en solitario, consiguió afianzar las relaciones para con los gobernantes vecinos con su ayuda y la de las esposas que ya habían logrado llegar a su tierra natal. La mujer le acompañaba en no pocas de sus andanzas de manera que entre ellos empezó a formarse una más que amistosa relación. A ella aún le costaba reconocer que alguien tan inteligente y gentil como aquel muchacho fuese descendiente del despreciable rey. Pero lo que en verdad la desconcertaba era que sentía algo más que aprecio por el joven y, para su propia sorpresa, pues ya se veía ajena a tales asuntos, él parecía corresponderle.

No obstante, lo que en un principio a la mujer le pareció una sensación agradable, se transformó en temor por lo que, para evitar que fuese a más, empezó a pensar en regresar a su hogar. Además, se había dado cuenta de que ya no era necesaria. Así que, con un gran peso en el corazón, decidió aprovechar que el muchacho había partido para hacer lo propio. Se despidió de las mujeres sabias, no sin antes dejarles como regalo su pequeño tesoro de oro y bronze. Por el camino, no obstante, hizo una pequeña visita al centro del conflicto. Descubrió que ambos hermanos se habían matado entre ellos y que, del incontable número de simpatizantes de cada bando, a duras penas quedaba un puñado de hombres, casi todos heridos y malviviendo desde hacía días de restos que habían podido saquear durante las batallas. Y, quiso de nuevo la providencia que, en este tiempo en el que la mujer se había demorado curando las heridas de los supervivientes, el tercer hijo regresase de su viaje, haciendo un alto en la capital. Y aquella despedida, que la mujer quiso evitar, les resultó en verdad difícil a ambos. Ella usó de pretexto en cómo el invierno dificultaría los caminos. Él le contestó que podía pasarlo con ellos en el bosque. Ella alegó entonces responsabilidades con su familia, y que ya se había demorado demasiado. Él le propuso acompañarla y regresar juntos. Ella replicó que no volvería, que su nuevo hogar estaba lejos, y que la estaban esperando. Y él ya no supo qué más decir.


Poco tiempo después de la despedida, el hijo del rey regresó con los refugiados y contó lo que había pasado en la capital. Tras deliberar, las mujeres sabias decidieron regresar a la corte, dando la opción a todo el mundo de acompañarlas. Y mientras se preparaban para el viaje, el joven descubrió el humilde regalo que les había hecho la mujer, y reconoció una joya en particular que había pertenecido a su propia madre, uno de los últimos regalos de sus abuelos. “¿Cómo podía ser posible?” se dijo el joven. Entonces cayó en la cuenta de que aquella joya le había sido arrebatada por el rey, su padre, tiempo ha, y entonces identificaron otras alhajas que habían pertenecido a varias esposas del harén las cuales habían ido a parar al botín del monarca. “¿Cómo podía aquella mujer haber poseído aquellos objetos?”, se preguntó el chico, y empezó a atar cabos.

Ni siquiera habían comenzado los verdaderos preparativos del regreso cuando el muchacho se despidió de sus madrinas y salió en busca de ella, regresando a la capital acompañado de unos pocos vecinos que ya habían empacado. A pesar de que la mujer había marchado hacía días, pudo seguir su rastro pues era relativamente fácil para los habitantes de la región recordar a una mujer con una lanza y cuya única compañía era un perro-lobo de gran tamaño. Así fue que en breve el joven llegó a su misma aldea natal, pero para entonces ella ya había marchado.

La persecución por parte del joven fue larga y desesperante. Nunca había ido tan al norte y las nuevas tierras se le antojaban hostiles. Sin embargo, allá donde iba encontraba noticias sobre la mujer. Unas veces conocida sólo por ser una peculiar viajera de paso, y otras porque había realizado las más variopintas hazañas, desde rescatar a unos niños de un supuesto brujo malvado hasta proveer de caza a toda una aldea, o sanar a un jefe local. Y las proezas se hicieron más numerosas conforme el muchacho se iba acercando al hogar de la mujer. Pero nunca conseguía darle alcance. Por si fuera poco, todos estos hechos que le relataban le hacían dudar sobre qué haría cuando diese con ella. Más, sobretodo, porque sus propios sentimientos estaban en pugna constante. Por un lado, se sentía en la obligación de hacer justicia para con su padre pues, por muy detestable que fuese, no dejaba de ser un hombre a quien habían asesinado; pero, por otro lado, el joven no podía evitar de sentir alegría por volver a ver a aquella mujer que había considerado una amiga a la vez que una maestra. Y, en medio de todo ello, algo más nacía en su interior que le llevaba a continuar día tras día tras su pista.

Y, finalmente, al fin encontró a la mujer y a su perro-lobo en un bosque. Los vio de lejos, escabulléndose entre los árboles. Ella preparando una flecha en un arco a resguardo de un haya, su compañero agazapado tras unos matorrales con ambas orejas alerta. En un momento dado, la mujer hizo un movimiento de cabeza hacia el perro-lobo quien salió de su escondrijo rápidamente pero sin hacer sonido alguno a pesar de su tamaño. Ella le siguió al poco mientras el joven seguía observando la escena. El deseo del encuentro se reflejaba en el acelerado latido de su corazón, y tan absorto estaba en sus pensamientos, en cómo la abordaría, qué le diría, que la brutal embestida le pilló completamente por sorpresa.


Continúa en Viejos rencores.

dilluns, 8 de març del 2021

Viejos conocidos

Tiomnaithe do mo bhean Brigit, as ucht éirí as a gealach, agus do Aongus Mac Og (lo sé, texto sacado desde el Google Translator)

En un tiempo remoto, cuando la mayor parte del mundo estaba cubierta de bosque, un rey gobernaba un pequeño territorio formado por unas pocas aldeas y unas cuantas granjas. Aunque no se puede decir que fuese la persona más justa y generosa del mundo, sus súbditos no estaban del todo descontentos con su gestión, aunque sí con sus descendientes. En la desfachatez de la juventud, los hijos del rey excedían no pocas veces la paciencia de sus vecinos y, el más joven de ellos, era especialmente brusco y pendenciero. A pesar de ser de los muchachos más apuestos de la zona, su comportamiento violento y maneras agresivas y descorteses provocaban el rechazo de la mayor parte de la gente. Pero ésto al chico no le importaba, pues tomaba aquello que se le antojaba sin pedir permiso y no pocas muchachas habían visto mancillado su honor bajo amenaza y coacción. Y cuando los familiares de las agraviadas corrían a pedir cuentas al hijo del rey, como poco terminaban con la nariz rota. Se decía que el joven no tenía reparos en quitar de en medio a cuantos pretendientes, hermanos, primos o padres se cruzasen en su camino cuando se encaprichaba de alguna doncella. Incluso parecía disfrutar con ello.

A la única joven que no había querido tocar fue a una muchacha que seguía estando soltera bien pasada la edad de merecer. Su aspecto, aunque no era horrible, no era del gusto de los hombres de la aldea en la que se había criado, al igual que su forma de ser, altanera y muy cortante en ocasiones, y sólo tolerable por el ingenio en sus palabras. A pesar de ello, quienes llegaban a conocerla de verdad, le guardaban cierto cariño pues era inteligente, mañosa, y la primera en ofrecer ayuda a quien lo necesitase. Sin embargo, el hijo del rey y su séquito de compinches la consideraban tan repugnante, que en el mejor de los casos la ignoraban, cuando no le gastaban bromas pesadas. Ella se sabía defender la mayor parte de las veces, y con su aguzado ingenio conseguía incluso que las trastadas se volvieran en contra de ellos hasta que éstos simplemente la dejaron en paz contentándose en hablar mal de ella, lo que provocaba, aún más si cabe, la huída de posibles pretendientes.

Pasaron los años, y aunque siempre había algunas mujeres que se casaban tarde, en el reino sólo quedaba esta muchacha sin que ningún hombre, joven o viejo, vecino o de otras aldeas cercanas, mostrase interés. A ella no le importaba, en principio. Como nadie esperaba nada de ella, se preocupó por aprender cuanto pudiese. Y así fue que no sólo sabía cuidar de su hogar, con todo lo que ello conllevaba, si no que también conocía las labores del campo y el cuidado de los animales, la caza y a defenderse en el bosque, alcanzando pleno conocimiento de los ciclos de la naturaleza. También estaba familiarizada con todo el proceso de la confección y el trabajo textil, el negocio de su familia, y era también una artesana de notable pericia con la cerámica y el dibujo. Tampoco se le daba mal recordar y contar historias, creándolas incluso, y hasta se atrevía un poco con la música. Aprendió las lenguas de los comerciantes extranjeros que visitaban el territorio, e incluso sabía leer y escribir. Sin embargo, cuando veía a las chicas de su edad con sus enamorados, una leve punzada de dolor le hacía llevarse no pocas veces la mano al pecho, sintiendo que le faltaba algo.

Un tiempo después, la salud del rey empezó a deteriorarse. Todo el mundo en la región sentía temor porque estallase un conflicto entre los hijos del monarca, sobretodo porque el número de seguidores del más joven era cada vez mayor, más brutos, y estúpidos. Pero nadie hacía nada. Los campesinos seguían trabajando la tierra, los cazadores trajinaban en el bosque, y los artesanos hacían lo propio. Todo el mundo hablaba sobre qué se debería hacer ante los abusos de poder, pero nadie estaba dispuesto a plantarse ante aquel hijo de rey que se tomaba cada vez más libertades, saqueando todo aquello que le venía en gana. Y así se mantenía aquel clima malsano, aquel sentimiento de quiero y no puedo que hacía a los habitantes infelices, prisioneros de su propia tierra. Y quizá porque era mujer, o porque aún era joven, o porque seguía soltera, o probablemente todo a la vez, nadie tomaba en serio a aquella muchacha quien, con casi dos décadas de existencia, sentía más que nadie aquella jaula que era aquel pequeño reino a punto de desestabilizarse. Y sucedió que un día, de repente, se dio cuenta de que nada la ataba allí en verdad. No tenía tierras ni más propiedad que ella misma, ni a una familia a la que mantener. Cierto que estaban sus padres, sus hermanos, abuelos, tíos y primos, pero cada uno hacía su vida como buenamente podía. La joven ya no estaba segura de si su corazón anhelaba el amor de un hombre que nunca llegaría o, simplemente, la libertad para conocer lo que le deparaba el ancho mundo. Así que, un buen día, preparó su zurrón, se despidió de su familia y las poquísimas amistades que tenía, y se hizo a los caminos.


Y pasaron los años, muchos. Aquel joven conflictivo había madurado en astucia y en aquellas artes que todo guerrero noble se preciaba tener. Pero sólo las de índole marcial, pues desdeñaba cualquier otra actividad de tipo intelectual por considerarlas cosas de pusilánimes y de mujeres. Seguía siendo de caracter inestable, agresivo y fogoso pero, además, ahora era rey. Tras la muerte de su padre, se enfrentó uno a uno a sus hermanos y hermanas, hasta que sólo quedó él como candidato a ocupar el puesto. El principio de su reinado fue una mezcla de miedo y decadencia que duró años, hasta que el recién problamado monarca se dio cuenta de la situación. Empezó a cambiar de compañías por hombres mínimamente inteligentes y menos brutos que le ayudaron a mantener un delicado equilibrio entre sus obligaciones para con sus temerosos súbditos y sus ociosos vicios.

Una de las estrategias fue contraer matrimonio con mujeres de otros territorios. Por ello, se había casado incontables veces hasta formar un harén en el que había hijas y sobrinas de nobles, jóvenes viudas de gran belleza y muchachas campesinas. Todas y cada una de ellas eran prisioneras de la corte. Sin embargo, cuando el rey perdía el interés en ellas, tenían todo el tiempo del mundo para dedicarse a sus diferentes aficiones, siempre y cuando éstas fuesen exclusivas de mujeres que, según consideraba el mismo monarca, eran prácticamente todas menos la caza y aquellas relacionadas con las artes de la guerra. Y también debían procurar por la educación de los cada vez más numerosos hijos del soberano. Corría el rumor que la mitad de los nacidos en la región con menos de un cuarto de siglo eran bastardos suyos. Sin embargo, de eso hacía tiempo y el monarca sentía cada vez menos satisfacción en ninguna mujer. Ni siquiera féminas de tierras exóticas parecían ser de su gusto, y cada vez se le hacía más insufrible la compañía femenina. Sus consejeros le trajeron entonces jóvenes efebos de gran belleza, y esto pareció calmarle por un breve tiempo, pero al final sólo la comida, la bebida y la crueldad para con sus súbditos parecían calmarle.

De toda esta situación, la joven que había partido años ha, ahora convertida en una mujer madura, no tenía constancia todavía. Aunque le costó un lustro, la muchacha entendió que sólo ella misma sería la única persona capaz de amarse como merecía. Y mientras llegaba a esta conclusión, aprendió otros oficios por el camino. Se hizo interprete dominando varios idiomas, y ello le dio la llave para conocer otros territorios, incluso más allá del mar. Aprendió también a navegar y a pescar, a trabajar el cuero y a elaborar diferentes alimentos y bebidas. Adquirió un mayor conocimiento de las plantas y de los animales, e incluso recibió cierta instrucción como curandera y vidente, entre otros muchos oficios. Pero lo que conquistó su corazón fue el misterio de los metales y la forja, y con el tiempo, pudo desarrollarse como herrera mientras seguía cuidando el resto de sus habilidades. En su caminar, además, encontró el calor del amor, físico, psíquico y espiritual, teniendo al fin con quien compartir parte de su vida. Alguien que la valoraba y con quien siempre volvía. 

Pero llegó un día en que pensó en su tierra natal, de la que hacía tiempo que no tenía notícias, pues sus viajes a la región se habían ido espaciando con los años. Tras mucho pensarlo, dejó todo atado en su hogar y, acompañada de su fiel compañero perro-lobo, cruzó los bosques llegando al territorio poco después de una luna.

Por aquel entonces, los consejeros del rey habían preparado una cacería para alegrar el humor del monarca. Sin embargo, éste estaba en más baja forma de lo imaginado y la partida de caza tardó mucho tiempo en conseguir alguna pieza destacable. Un día en que el rey empezaba a estar cansado de todo aquello, se cruzó en el camino del séquito real un hermoso ciervo de grandes proporciones. El ansioso rey, sin esperar a nadie más, salió a la carrera en pos de sus sabuesos, olvidándose incluso de su caballo, y sin pensar que los animales avanzaban más rápido que él ni tampoco que sus allegados no habían tenido tiempo para reaccionar. De repente se encontró corriendo sólo entre los árboles, al principio con el arco en mano, que perdió tras alguno de los innumerables traspiés que dio al no estar acostumbrado a aquel terreno. El reyezuelo se paró a tomar aliento, cuando se dio cuento de que estaba perdido.

Recuperado el resuello, y preocupado porque había caído la noche, transitó sin rumbo por la maleza, llamando a sus acompañantes en vano, maldiciendo al no oír sus respuestas y temiendo que le hubiesen abandonado. Al cabo de un tiempo que le pareció una eternidad, al fin logró escuchar los ladridos de un perro. Animado dentro de su enojo, siguió el sonido hasta que llegó a una poza rodeada por una pequeña pared de roca desde donde el agua caía formando una ancha y fina cascada. La luna gibosa iluminaba el paraje, y el rey pudo distinguir a un perro juguetear en la otra orilla. Sin embargo, el ejemplar era mucho más grande que sus sabuesos, y cual fue la sorpresa al ver que no estaba solo. Bajo la cortina de agua, y salpicando al cánido mientras reía, vio a una mujer de espléndida figura. Sus grandes pechos y piernas torneadas se destacaban con la luz de la luna, que hacía parecer su piel como si fuese plata a pesar del oscuro vello que las cubría. El rey pensó si no se trataba de un espíritu del bosque o del agua cuando la vio moverse de manera más desgarbada de lo que esperaba, persiguiendo al perro.

Aun así, el soberano sintió tal deseo como hacía tiempo que no sentía, que empezó a avanzar hacia ella, bordeando la orilla de la poza. Quería sorprender a aquella mujer, saber quien era, de dónde venía. Su corazón se iba encendiendo al pensar cómo sería el tacto de su piel resplandeciente, la firmeza de sus caderas, el aroma de su pelo moreno… Ya prácticamente había llegado a la catarata, cuando el perro se adelantó, gruñendo. La mujer se ocultó bajo la cortina y, pese al agua, el reyezuelo podía distinguir sus ojos brillando cual ascuas en la oscuridad.

- No temas, no quiero hacerte daño - dijo el rey-. Sólo quiero conocerte.

Tenía a la mujer a pocos pasos de él. El enorme perro-lobo se mantenía delante de su compañera, alerta y mostrando los colmillos. Ella simplemente se escurría la larga cabellera, con tranquilidad y sin dejar de observar al monarca, manteniendo su rostro en la penumbra.

- Soy el rey de esta región - se presentó -. Nunca te había visto por aquí. Seguro que vienes de muy lejos - dijo, tratando de ser galante por primera vez en su vida -, pues jamás había visto una criatura tan espléndida como tú…

La mujer no pudo reprimir su expresión de sorpresa, que no pasó desapercibida para el soberano pese a la sombra que envolvía su rostro. Y se echó a reir. A carcajada limpia, teniendo que apoyarse en la roca para no caer mientras se llevaba la mano al estómago. Hasta se le habían saltado las lágrimas.

El rey se quedó estupefacto, pues no entendía cómo podía estar enfadado porque ella se estaba riendo claramente de él y, a la vez, sentirse tan encantado por aquel sonido tan delicioso; hacía mucho tiempo que no oía una risa como aquella. Estaba excitado.

- Sé quién eres - dijo ella, con la mandíbula dolorida, cuando al fin pudo controlarse -. Te conozco.

Y, dicho esto, se escurrió por la pared y escaló la roca con agilidad seguida del perro. El rey trató de seguirla, pero le costó superar la resbaladiza piedra y, para cuando llegó arriba de la cascada, la mujer prácticamente se había vestido ya. Empapado, avanzó con cuidado entre las rocas, y con súbita urgencia, fue desabrochándose la hebilla de su cinto. Creía que la mujer no se había dado cuenta, pues prácticamente estaba encima de ella, cuando sintió un agudo dolor en el corazón. Bajó lentamente la mirada y vio la elaborada punta de una lanza clavada en su pecho.

- No has cambiado nada - dijo ella en un suspiro, casi con tristeza, mientras hundía aún más el metal.

Entonces, bajo la luz de la luna, el rey distinguió los rasgos de aquella muchacha, la misma que décadas atrás se le antojase tan fea y que dicen huyó pues nadie quería casarse con ella. Reconocía aquel semblante altanero, la mirada ingeniosa. Pero el tiempo parecía haber puesto cada cosa en su lugar, suavizando aquel semblante que al rey ya no le parecía tan horrible. Ella liberó con un experto movimiento el filo de la lanza mientras el hombre se tambaleaba tratando de mantener el equilibrio, en vano. Por primera y última vez, el rey fue consciente de que se había enamorado mientras caía por la cascada, y no sintió dolor alguno cuando su cuerpo dio contra las rocas de la poza.


Continúa en Viejas consecuencias.