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divendres, 16 de febrer del 2024

Sueños de ir por casa

Maggie amaba a su hijo. De verdad… ¿no? ¿Acaso no era ley de vida? Sin embargo, en los últimos años había cambiado tanto que le era prácticamente un desconocido. Anoche ni siquiera había esperado a que sus padres terminasen el postre para largarse a su habitación, absorto en el dichoso teléfono. Otra vez la noche de cine en familia se había ido al garete.

Vació el contenido del recogedor en la bolsa de basura del carrito de la limpieza. Trataba de no pensar más en su churumbel de 20 años, aquel por quien había dado tanto y por el que ya no estaba segura de nada. Maggie maldijo la moqueta del despacho, donde se pegaba toda la porquería que caía al suelo. Otra vez le tocaría agacharse y rascar, pero antes pasaría la aspiradora. Qué menos que arrodillarse en un suelo un poquito más limpio… Subió el volumen a su viejo móvil para amortiguar el ruido de la aspiradora y se dejó llevar por la música, como siempre hacía cada vez que el mundo parecía querer darle por saco. Ni se dio cuenta cuando su trasero bamboleante tropezó con el cable que cargaba la tablet, tensándolo hasta el punto que arrastró el dispositivo al suelo. Tampoco se percató cuando, en un grácil y apasionado giro, la aspiradora empujó bajo la mesa el cacharro.

Cuando aparcó la aspiradora, Maggie bajó ligeramente el volumen de la música y procedió a fregar las manchas más rebeldes de las paredes, de las estanterías, del escritorio, de las sillas y, por último, de la moqueta. Era tal el brío con el que frotaba el rebelde tejido tras aplicar el quitamanchas, que el estropajo se le escapó bajo la mesa. Entonces, al recogerlo, sus dedos tropezaron con la tablet. Maggie la cogió, comprobó que la pantalla estaba rota, y que un oscuro líquido, quizá el mismo que había manchado el despacho pero que estaba ya reseco, se había esparcido entre las grietas. A parte de eso, el dispositivo parecía impecable e incluso aún se iluminaba. Le pasó una bayeta por encima, teniendo cuidado al frotar el frágil vidrio, pero las manchas de lo que dedujo por el olor era bebida energética no terminaban de marchar. Le echó una rociada de líquido limpiador, esperó unos segundos, y volvió a frotar con un poco más de esmero, hasta que sintió un pinchazo en el dedo. Se había cortado, guante de goma incluido. Maldijo bien alto, se quitó los cascos y los guantes y fue corriendo al baño más cercano. Comprobó que el corte era bien poca cosa, aunque la sangre no dejaba de manar por lo que improvisó un apósito con un trozo de papel higiénico y lo enrolló alrededor del dedo, apretando fuerte. 

De vuelta al despacho, rebuscó en los cajones y encontró un rollo de celo entre notas manuscritas y fragmentos de hojas con dibujos garabateados entre textos en diferentes lenguas. Maggie se las apañó para pasar un trozo de cinta adhesiva alrededor del papel higiénico, fijándolo al dedo. Tomó los auriculares junto con los guantes de goma del suelo, suspirando de resignación al ver el agujero en uno de ellos. Se los puso, tapó el agujero con otro trozo de celo, terminó de repasar la habitación con la bayeta, recogió los aperos de limpieza y se dispuso a marcharse. Había dejado la tablet sobre la mesa y, aunque le había parecido que la pantalla se había iluminado un par de veces, ahora el dispositivo yacía inerte sobre la madera. Indecisa, la cogió de nuevo. Las manchas secas entre las grietas ya estaban ahí cuando la cogió, por lo que era imposible que ella la hubiese roto, mas ahora su propia sangre hacía que se remarcasen aún más las líneas. Pensó cuanto había pataleado su hijo por un cacharro de esos hace unos años, hasta que pudieron regalarle uno por su cumpleaños. Y aunque Maggie se sentía atraída por las nuevas tecnologías, todo el mundo se reía de ella cuando hacía algún comentario respecto a los últimos modelos de móviles. Total, ¿para qué quería una chacha un cacharro de esos si no era para cotillear en redes sociales? Pero se dijo entonces que, si estaba trabajando, era precisamente para ahorrar y meterse a estudiar en algún ciclo formativo de informática.

Maggie se mordió los labios, como siempre hacía cuando estaba indecisa, y al final escondió la tablet junto con el cargador en el carrito de la limpieza.

Cuando salió de la facultad ya había amanecido, aunque aún era demasiado pronto para que el alumnado fuese ocupando las aulas. Saludó al bedel al salir, tiró las bolsas de basura al contenedor correspondiente, y se fue a desayunar a uno de los escasos bares con una oferta asequible de café y bocadillo, de esos que aguantaban a pesar de la gentrificación. Envió un mensaje a su cuñado, quien trabajaba en una tienda de reparación de dispositivos, preguntándole cuánto le costaría cambiar la pantalla de una tablet. Aún no había terminado su bocadillo de tortilla cuando recibió la contestación. Dependía del modelo, pero a Maggie le pareció asequible la cifra que su cuñado usó como orientación de manera que, finiquitado su desayuno, se presentó en la tienda de reparaciones. Su cuñado, habituado a la discreción en su trabajo, no preguntó sobre el origen de la tablet cuando la mujer le enseñó el dispositivo. Mas, al sacarlo de la bolsa, a Maggie le extrañó que las manchas de la pantalla hubieran desaparecido, dejando únicamente las grietas en el vidrio. Sin embargo, no le dio más importancia y fue para el pequeño piso que compartía con su hijo.

Al llegar, Maggie hizo caso omiso del estado de la cocina. Ignoró también el olor que procedía del cubo de la ropa sucia, donde se acumulaban toda las prendas que el joven había usado el fin de semana entre el entrenamiento de futbol, salir con los amigos e irse de fiesta. El muchacho se había despertado y terminaba de prepararse para ir a trabajar, y aunque Maggie se le acercó para desearle los buenos días y una feliz jornada con un beso, éste la esquivó con la cara dirigida al móvil. La mujer pudo ver de refilón cómo mensajeaba enviando emoticonos de carcajada, incapaz de entender cómo podía mantener aquel semblante impertérrito mientras le daba continuamente a la carita risueña.

- He dejado la ropa del finde en el cubo - dijo él antes de abrir la puerta -. Ya apestaba en mi cuarto.

- ¿Y por qué no lo hiciste antes? - dijo Maggie, a modo de respuesta.

- ¿No es tu obligación la de recoger la mierda? - dijo él, y cerró la puerta tras de sí.

“¿Mi obligación?” se dijo Maggie, totalmente confusa y sin entender a qué cuento venía esa contestación esta vez. Y aún pudo escuchar cómo su hijo murmuraba mientras bajaba las escaleras “Puta guarra de mierda… Cualquier día me largo de aquí”. Sintió un nuevo aguijón clavarse en su pecho. ¿Qué había hecho ella para que él la tratara así? ¿Cuando le habían cambiado a su dulce niño? Con esos pensamientos, llegó a su dormitorio y se estiró en la cama, durmiéndose de puro cansancio a pesar de estar hecha un mar de llanto.

 

Y Maggie soñó.

Soñó que estaba frente a un espejo. Cada vez que abría y cerraba los ojos, su ropa cambiaba a cual más elegante. Algunos trajes le recordaban a su infancia, cuando se disfrazaba de princesa, pero ahora los veía de su talla. Su aspecto era el de una atractiva noble de piel oscura, una reina de un  país perdido en el Caribe. “Estás preciosa” le decía el reflejo. “Ya, ¿pero de qué me sirve?”, replicó Maggie, con aire abatido. “¿Mejor así”, dijo el reflejo y, acto seguido, justo tras de él, apareció una panorámica grandiosa de la ciudad vista desde las alturas. Maggie se giró y contempló a su alrededor que estaba en una elegante habitación, con una cama enorme junto a un coqueto tocador con taburete a juego. Al fondo localizó un par de puertas que ella misma intuía pertenecían a un vestidor y a un baño privado. La panorámica del espejo era la misma que se podía contemplar desde los ventanales que daban al balcón de la habitación. 

“¿O quizá algo más… campestre?”, preguntó el reflejo. La imagen del fondo cambió a una verde campiña, mientras que las paredes de la habitación pasaban a ser de roca y el mobiliario adquiría tonos más rústicos, sin que por ello perdieran ni un ápice de elegancia. Pero Maggie miró el entorno nuevo, tratando de localizar no sabía el qué e ignorando las vistas. “¿Qué estás buscando?”, preguntó el reflejo, a la vez que todo alrededor se volvía de nuevo oscuro e informe. “No estoy segura…”, rumió la mujer, indecisa; “¿Estamos solo nosotras?”, preguntó. Avanzó en la oscuridad hasta que se topó de nuevo con su reflejo, esta vez en el vidrio de una puerta corredera. “¿Acaso se te ocurre mejor compañía?”. Entonces, justo tras el reflejo, apareció una playa. Había un chico de unos 14 años jugando en la arena con un hombre de mediana edad. Maggie los reconoció y no pudo evitar que los ojos se le humedecieran. Era un recuerdo, uno de los últimos momentos en que se sintió verdaderamente feliz, antes de que las circunstancias de la vida los alejaran. “¿En serio? No me lo puedo creer…” exclamó el reflejo, exasperado. “Podrías tener lo que quisieras y sigues pensando en ellos... ¡Olvídate! Ya no sois una familia feliz”. “Pero seguimos siendo una familia”, le respondió Maggie, “Los amo, y los quiero conmigo”.


Maggie despertó, confusa y con los ojos irritados. De alguna manera, aún le parecía estar viendo su reflejo, con un vestido de seda rosa, encogerse de hombros. Fue al baño y descubrió que seguía con el trozo de papel higiénico enrollado en el dedo. La herida aún sangraba si la apretaba y le escoció con el agua caliente de la ducha. Se puso el chandal, dispuesta a pasar la tarde en el sofá para ver si un rato de inacción ayudaba a la herida a cicatrizar, pensando más en la del dedo aunque en su fuero interno la del pecho le era más profunda. Y entonces vio la pila de ropa sucia. De manera automática puso la lavadora y limpió la cocina, y ya que estaba recogió algunos trastos tirados por la casa. Estuvo a punto de entrar en la habitación de su hijo cuando llamaron al timbre. Era su cuñado, que le traía la tablet arreglada. Parecía nueva y Maggie se dio cuenta que tenía un diseño precioso. La mujer se olvidó de hacer nada más en casa y se entretuvo en resetear el dispositivo mientras se ponía delante de la tele. Se bajó aplicaciones para leer ebooks, maquetación de vídeos, editor de textos e imágenes… De todo menos redes sociales.

Su hijo llegó otra vez con cara larga mientras miraba el teléfono. Parecía que cada vez tenía los ojos más hundidos, en contraste al creciente resplandor de la pantalla. Maggie saludó sonriente acercándose a él. Éste dejó que su madre le rodeara con sus brazos sin decir nada, enfrascado en el cacharro. La mujer no sabía si seguía enfadado y, aunque sintió un nuevo pinchazo al recordar las palabras que él le había dedicado al salir, hizo que su mente lo ignorase. Le comunicó con alegría que tenía su ropa tendida, que mañana estaría lista, y que la lasaña para cenar estaría prácticamente descongelada. Maggie ya estaba en la cocina para corroborar esto último cuando escuchó la voz de su hijo.

- Una tablet. Te has comprado una tablet.

Su tono condescendiente acompañaba la ira de sus ojos clavados en el dispositivo que descansaba sobre la mesa.

- Me la he encontrado en el trabajo, abandonada en un despacho vacío. Tu tío le cambió la pantalla rota y ya ves, como nueva. La he reseteado esta tarde y me falta sólo por configurar cuatro cosas.

- Es más potente que la mía - dijo él, echándole un ojo al dispositivo.

- Bueno, creo que son parecidas, por las especificaciones…

- ¿Qué sabrás tú de tablets? Esta es mejor.

- Pero la tuya es nueva de este año…

- ¡La mía está rota! - gritó él.

- No… No lo sabía, cariño.

- En compensación me quedo esta - dijo tajante dando por finalizada la discusión, como tantas otras veces.

Maggie agachó la cabeza. “La tuya a penas tiene medio año”, se dijo “y la has roto, no yo, tú, como un bebé”.

- Si rompiste tu tablet no es mi culpa - dijo Maggie, sin darse cuenta -. Esa es mia.

- ¿Cómo dices? - preguntó el muchacho, más perplejo que enfadado.

- Que esa es… Es mi tablet. La encontré yo, la mandé reparar yo, he pagado yo la reparación, y la he configurado a mi gusto.

Maggie sentía que algo se apoderaba de ella misma, pues prácticamente no se reconocía. Los pinchazos en el pecho eran demasiado fuertes para acallar su parte sumisa.

- De hecho - siguió, acercándose al joven -, tu tablet es mía, al igual que este piso. Todo lo estoy pagando yo, haciendo horas extra mientras tú a penas eres capaz de trabajar a media jornada, gastando todo en mierdas para el móvil y de juerga con los amigos.

Ni madre ni hijo sabían como encajar ese momento. Él, acostumbrado a la sumisión de ella en los últimos años, no sabía como reaccionar. Llena de energía por el subidón de adrenalina de tanta rabia contenida, Maggie arrebató la tablet al muchacho, y se dio la vuelta dispuesta a preparar aquella rica lasaña. Entonces sintió el golpe a sus espaldas.Su hijo le propinó tal empellón que la derribó. La mujer protegió la tablet con sus brazos mientras caía, golpeándose en la frente contra el suelo. Su hijo le estaba gritando, pero ella no era capaz de distinguir las palabras. Estaba muy enfadado. “Soy una mala madre”, se decía Maggie mientras las lágrimas brotaban de nuevo. “Sí, eres una mala madre por permitirle esas faltas de respeto”, dijo una voz en su cabeza. “Sí, es cierto. ¿Cómo se ha podido convertir en ese monstruo? Mi niño no osaría hacerme esto…”. “No es tu niño, hace mucho que no lo es”. La mujer se arrastró como pudo por el suelo, buscando refugio bajo la mesa, pero su hijo la agarró de la pierna y tiró de ella.

- Basta, por favor… - suplicó Maggie, pero el muchacho estaba tan fuera de sí, insultándola y golpeándola, no la escuchaba - Detente…

“No te oye, está teniendo una pataleta. ¿Y qué se hace cuando un niño tiene una muy mala pataleta?”.

Sin saber cómo ni desde cuando, la mujer sintió que su puño apresaba algo duro y pesado. Su hijo le tiró del pelo para hacerla retroceder y, como un acto reflejo en defensa propia, Maggie clavó la punta de las llaves en la mano del joven quien la soltó de inmediato. Éste, sorprendido, trató de dirigirle otro puntapié cuando, en el mismo movimiento en que se enderezaba, la mujer propinó un golpe ascendente en la barbilla su hijo con el mismo puño con el que sujetaba las llaves, con tal ímpetu y rabia que el joven se sintió volar por los aires durante unos instantes. Aturdido, el muchacho tropezó con la mesita del comedor, cayendo hacia atrás y golpeándose la cabeza contra el mueble de la tele.

Maggie se lo quedó mirando unos instantes. El chico no se movía. Miró las llaves en su puño, aún sin explicarse cómo habían llegado a su mano, y luego se acordó de la tablet, aún agarrada contra sus costillas. La examinó por encima, cerciorándose de que estaba entera. Se quedó mirando la pantalla impoluta. Los iconos de las aplicaciones se volvieron borrosos hasta que la pantalla se tornó negra. Y, en su cabeza, volvió aquella voz que ella suponía suya.

“¿Quieres que vuelva tu hijo?”

- Sí, por favor. Quiero a mi dulce ángel - susurró Maggie, confusa, pero con toda la sinceridad de su alma.

“Concedido”.

- ¿Mami?

Maggie alzó los ojos. Su hijo, aún en el suelo, empezó a sollozar.

- No me puedo mover, mami. ¿Qué ha pasado?

La mujer dirigió una última mirada a la tablet en cuya pantalla volvían a aparecer los iconos normales. Sólo unas finas líneas granate permanecían disimuladas sobre el fondo de pantalla, a modo de garabatos, que le recordaban vagamente a las grietas del vidrio resquebrajado.

dimecres, 2 de novembre del 2022

Al otro lado del barreño

Laura miraba la inquietante fotografía de la tía abuela Gwen. Era una imagen en sepia, tomada frente a la casa de la familia, en el campo. La mujer miraba con rostro severo a quien le hacía la foto. Su vestido era de campesina, pero adornado con bordados florales que lo hacían más alegre, como de fiesta. Se parecía al que Laura llevaba puesto, salvo por la cofia blanca de la muchacha, quien había buscado un aspecto más antiguo para su disfraz.

- Estaba loca - dijo Tiffany a sus espaldas -. Eso me dijo Suzie.

Laura echó un último vistazo a la foto. En verdad aquel semblante le ponía los pelos de punta. Reconocía que Gwen había sido una mujer bastante atractiva, pero esa mirada que se le antojaba furiosa no parecía casar en absoluto con el resto de la estampa.

La joven dirigió su atención hacia su interlocutora, Tiffany. Llevaba un disfraz muy parecido, ya que todo el grupo había decidido ir de campesinas en Halloween. Aunque, al parecer, no todas habían entendido la base. Como siempre, Lena, Selma y Suzie tenían que ser la nota discordante y sus disfraces enseñaban bastante más carne de la que mostraban Tiffany y ella misma. Si fuesen un poco más mayores, Laura reconocía que estarían genial, pero con aquellos cuerpos a medio desarrollar de 14 años no terminaban de resaltar lo que supuestamente deberían.

- No tenían vestidos viejos en la tienda - dijo Lena, la más desarrollada de las tres y la única a la que le quedaba mínimamente bien el disfraz, y lo sabía.

- ¡La idea era hacerlo nosotras! - respondió Tiff, mosqueada.

- ¡Qué más dá! - dijo Lena - Total, no creo que hagamos nada aquí.

- Sí… - dijo Selma, molesta, aunque Laura no lograba adivinar si era por el ambiente o por los calcetines que estaba usando de relleno y que se descolocaban cada vez que se movía.

- No hay tíos buenos, son los mismo pardillos de siempre… ¿Seguro que tu hermano ha invitado a todo el mundo? - preguntó Lena a Suzie.

- Más le vale… Al menos los del equipo deberían haber llegado ya.

- ¿Por qué no le preguntamos? - sugirió Lena.

- ¡Qué dices! No sabe que os he colado a todas.

Laura echó una ojeada a su alrededor. La mayor parte de los asistentes eran compañeros de instituto. Había la típica mesa con cosas para picar, y una ingente cantidad de vasos de plástico se empezaban a acumular a un lado. De repente unas risas le hicieron desviar su atención a un grupo de chavales, poco más mayores que ellas, rodeando un barreño antiguo apoyado sobre una mesa de plástico. Parecía contener algún líquido en el que flotaban esferas rojizas. Uno de los chicos, que aún estaba seco, metió la cabeza en el barreño y, tras unos segundos, sacó la cara empapada mientras sus amigos reían.

- Otro que no lo ha conseguido - dijo alguien a su lado, casi susurrándole.

Era Brett, su prima. Laura se extrañó de que estuviese allí, pues nunca había encajado en las fiestas, aunque se alegraba mucho de verla.

- La pesca de manzanas - aclaró Brett -. Simboliza el paso al Otro Mundo. El agua representa el velo que separa los mundos. Quien consiga atrapar la manzana, ha llegado a traspasarlo.

- ¿Qué hay en el Otro Mundo? - preguntó Laura, casi sin darse cuenta.

- Hadas, espíritus… Seres de gran poder que no logramos comprender. Y nuestros antepasados.

Laura se quedó mirando a su prima, mayor que ella. Le encantaba oír aquellas historias de su propia voz. Brett era una tía genial, a su modo. Cuando eran pequeñas, solían ir juntas a todos lados, pero el instituto lo cambió todo.

- ¡Buh! ¡Espíritus, hadas! ¡Deja de presumir de trabajo, Brett! - dijo un chico del último curso que apareció como de repente - Si queremos saber algo más sobre brujas, ya sabemos a quien preguntar.

- ¡Eso si no terminan acusándote de una, bicho raro! - respondió otro de los chicos.

El equipo había llegado, y se habían parado donde estaban ellas, atraídos sobretodo por Lena y las demás. 

- ¿Metemos la cabeza en el agua? Me ha entrado un calor de repente… - dijo uno, mirando a las muchachas con ojos golosos.

- Eso es una tontería - dijo Lena, radiante por recibir la atención de un chico mayor.

- Sí, es de críos - dijo Selma, a lo que los muchachos se rieron.

Se encaminaron al barreño seguidos por las amigas de Laura. Al llegar, los muchachos rodearon el recipiente, contaron hasta tres, y metieron a la vez la cabeza en él. A los pocos segundos fueron emergiendo con los rostros enrojecidos al aguantar la respiración. Uno de ellos había conseguido pescar una manzana, lo que fue celebrado con vítores por los demás.

- Ahora que los mayores lo hemos hecho, ¿queréis probar? - les invitaron.

Las chicas se miraron entre ellas, hasta que Lena tomó la iniciativa y metió la cabeza en el barreño, seguida por Selma. La primera estuvo poco tiempo, pero la segunda se mantuvo un poco más y, aunque había conseguido una manzana, había perdido en cambio uno de los pares de calcetines que quedaron flotando entre la fruta. Todo el mundo empezó a hacerles fotos entre carcajadas, ambas con el maquillaje corriéndose por la cara. Laura se sentía culpable por no apoyar de alguna manera a sus amigas, pero tanto ella como Brett y el resto del grupo no podían dejar de reír por lo ridículo de la situación, sobretodo cuando Lena cogió los calcetines de Selma, usó uno para limpiarse el maquillaje con una dignidad admirable, mientras le pasaba el otro a su legítima propietaria, enrojecida de vergüenza y sin saber si llorar de espanto o de risa.

- ¡Arriba las peques! - vitoreó el equipo, siendo coreado por el resto de asistentes.

Cuando todos se hubieron calmado, Lena y Selma volvieron al grupo, ésta última mordisqueando la manzana.

- ¿Y vosotras a qué esperáis? - dijo Lena.

- No, yo paso - contestó Suzie.

- Yo también… - siguió Tiff.

Laura iba a declinar la invitación, pero alguien la empujó haciéndole dar un par de pasos adelante. Al girarse, creyó que había sido Brett, pero ésta se encogió de hombros como respuesta, desconcertada, y alguien seguía tirando de Laura, con fuerza pero sin brusquedad, hasta llevarla junto al barreño.

- ¡Laura! ¡Laura! - empezaron a corear Lena y Selma, y el resto de la sala las imitaron.

La muchacha echó un último vistazo a Brett, quien le sonreía desconcertada, y al chico que la había arrastrado, un estudiante a quien hacía tiempo que no veía por el instituto, y le estaba invitando a meter la cabeza con una sonrisa. Y eso hizo.


El líquido estaba más frío de lo que hubiese imaginado, pero abrió los ojos y buscó algún objeto rojo. Los destellos de luz de la sala parecían más tenues conforme hundía la cabeza en el barreño.

Pero Laura no lograba ver ninguna manzana. ¿Dónde estaban? Creía que la habían engañado. Además, el agua se tornaba más gélida por momentos cuando alguien metió las manos en el barreño, unas manos finas y pálidas que sujetaban una especie de paño, retorciéndolo bajo el agua. 

Pensó que se trataba de una broma, que no quedaba más fruta y que estaba perdiendo el tiempo. Y el aire. De pronto, en el fondo del recipiente, distinguió una esfera rojiza. Laura notaba pinchazos en el pecho, pero acercó la cara al objeto redondo, rozando la pulida piel de la manzana con la barbilla. En un último esfuerzo, la joven hundió aún más la cabeza, sintiendo cómo se mojaba su cuello hasta la nuez. Las manos pálidas habían desaparecido.

Casi se había quedado sin aire cuando al fin sacó la cabeza del agua, sujetando con los dientes aquella manzana roja. Tardó unos segundos en aclararse su vista, pero le sorprendió notar que la sala estaba más oscura. Los invitados de la fiesta no eran más que sombras de rasgos pco definidos que se movían lentamente, como en slow motion. Todos, salvo una figura de semblante iracundo, que se perdía entre el gentío.

Laura trató de seguirla con la mirada, pero algo tiró de la manzana. Pestañeó de forma involuntaria y, al abrir los ojos, descubrió que la claridad había vuelto a la sala. Tiffany le había quitado la manzana de la boca, preocupada, como el resto de personas que la rodeaban.

- ¿Estás bien? - preguntó Suzie, visiblemente preocupada.

- Sí… - logró pronunciar Laura, en un susurro; estaba en el suelo, con la espalda apoyada en Brett y Lena - ¿Qué ha pasado?

- Has estado mucho rato con la cabeza metida en el agua. Cuando has salido estabas casi azul... - dijo el chico que la había arrastrado junto al barreño.

- Será mejor llamar a emergencias - dijo Suzie, sin dejar que el muchacho terminase.

- No, no hace falta… - dijo Laura.

Se incorporó con dificultad, pero cuando miró a Suzie, se quedó sin aliento al reparar en el parecido con su antepasada.

- ¡Que alguien llame a una ambulancia! - gritó alguien, pero Laura no supo quien.


Cuando recuperó la consciencia, unas sanitarias la estaban levantando para trasladarla en una camilla. Mientras la sacaban de la casa, vio a Suzie discutir con su hermano mayor. Un par de chicos estaban recogiendo el salón, pero la gran mayoría de personas se habían marchado de la fiesta.

La subieron a la parte trasera de la ambulancia, permitiendo que Brett la acompañase. Su prima se sentó a su lado, cogiéndole de la mano.

- Creo que he visto a la tía de Suzie - dijo Laura.

- Habrás visto sus fotos en el recibidor - contestó Brett con un respingo.

- No, la he visto al salir del barreño.

Su prima la miró perpleja, pero, de repente, abrió mucho los ojos, comprendiendo.

- ¿Cómo era? - preguntó en un susurro.

- Se parecía mucho a Suzie, pero estaba... ¿enfadada? Creo que usaba el barreño para lavar la ropa…

- Perdonad chicas - dijo una de las sanitarias, asomada a la puerta trasera de la ambulancia -, un compañero vuestro tiene un recado.

Asomado tras la mujer, el chico que le había empujado les sonreía con timidez.

- Te olvidas de esto - dijo, mostrando un objeto redondo.

La sanitaria le dejó pasar al interior de la ambulancia y el chico le tendió la manzana roja que había sacado del barreño, con la marca de la mordedura incluida.

- Vuestras amigas han ido hacia el hospital, menos Suzie. Su hermano le está echando la bronca por colaros en la fiesta.

- Gracias - dijo Laura, cogiendo la manzana.

- Espero que te recuperes pronto. ¡Nos vemos, chicas!

El joven salió de la ambulancia con un grácil salto, despidiéndose con un gesto de la mano de la sanitaria mientras ésta cerraba la puerta, y se marchó silbando. El vehículo se puso en marcha mientras Laura daba vueltas a su manzana.

- Hacía tiempo que no le veía. No recordaba que era tan guapo, ni tan majo - dijo Laura, más animada.

Por su parte, Brett se quedó mirando a su prima, contrariada al principio, y luego su propio rostro se fue empalideciendo.

- Sí, lo era… - susurró.

- ¿Qué quieres decir? - preguntó Laura, al detectar el tono ceniciento en la voz de su prima.

- Hace un par de años encontraron su cuerpo cerca de aquí, en el bosque. Dicen que se suicidó.

diumenge, 16 de gener del 2022

Fechas sensibleras

Aquel chico esbelto de las muletas le llamó la atención. Tendría unos 3 o 4 años más que ella, 5 a lo sumo, y le pareció un imbécil cuando se quedó frente a la puerta de la tienda de arte, como indeciso si entrar o no, aunque cuando le sonrió antes de abrir la puerta del local le resultó suficientemente mono como para plantearse tener algo con él si tuviese otra ocasión. Pero no hoy, no ahora; tenía un mal día desde el momento en que descubriese que entre los regalos no se encontraba el móvil último modelo que había pedido a sus padres. Parecía que el castigo por sacar malas notas iba en serio, sobretodo porque habían bloqueado su tarjeta de crédito esa misma mañana. Iba a ser el hazmerreír en clase si no conseguía el puto cacharro esa misma tarde, pero no se le ocurría nada. Los dos capullos que le acompañaban le habían dicho que le prestarían el dinero del aguinaldo a cambio de "algún favorcillo", pero aún así no llegaba al valor del smartphone que quería.

Después de un buen rato contemplando como sus amigos hacían el gilipollas, vio al chico salir de la tienda y se fijó de nuevo en él. Sus ropas oscuras y holgadas le daban un aspecto siniestro que se le antojaba interesante, sobretodo porque éstas eran caras y de buena calidad. Pero lo que le llamó la atención fue cómo distribuía con parsimonia el dinero del cambio en la cartera, con billetes de cifras y colores diversos de cuya existencia ella sabía por haberlos visto en muy contadas ocasiones. Miró ora al joven, ora a sus amigos, ora a las muletas, y se le ocurrió que le sería muy fácil pedirle un pequeño préstamo.

Siguió con la mirada como el chico iniciaba la marcha tras guardarse la cartera en el forro de la chaqueta de cuero, avanzando lentamente hasta girar una calle. Espabiló a sus amigos con un seco "seguidme" y tomaron la misma dirección mientras explicaba su plan a sus compañeros a lo que ellos rieron con poco disimulo, ávidos de violentas travesuras. Tardaron poco en estar a la zaga del joven, manteniendo una distancia prudencial para que no les detectara, mientras él seguía por calles cada vez menos transitadas hasta meterse en un conjunto de callejones mal iluminados. Ella no cabía en sí de gozo al percatarse de que el asalto les sería aún más fácil de lo que había pensado.

Al cabo de unos minutos, el joven de las muletas se detuvo en la calleja más lúgubre y abandonada que habían visto hasta entonces. Parecía incomodarle la mochila, y ella se fijó también de que se dolía de la rodilla.

- ¿Podemos ayudarte? - dijo ella, acercándose con actitud tierna hacia él. 

- Esa mochila parece pesada - dijo uno de sus amigos amigablemente, adelantándose también -. Si quieres te la llevo un rato…

El joven se los quedó mirando con unos ojos aún más oscuros y profundos debido a la penumbra de aquel rincón. Durante unos instantes, unas centésimas de segundo, a ella le dio la impresión de que él los examinaba. No, los tanteaba. Tantear tampoco… No lograba encontrar las palabras que describían aquella mirada, pero si no fuera por su apariencia humana, ella hubiese dicho que los estudiaba cual predador evalúa antes a una presa, como para saber si vale la pena echársele encima. Y no tuvo claro si el escalofrío que la recorrió entera era de alerta por peligro, o por repentina atracción. Pero el chico volvió a sonreír, afable, como antes de entrar en la tienda, y la sensación desapareció.

- No hace falta, de verdad. Estoy cerca de casa - respondió, mirando alrededor, como tratando de orientarse.

- ¿De veras? - dijo el último miembro del grupo - Cualquiera diría que te has perdido.

En una maniobra conjunta no estudiada, los tres le rodearon. Era totalmente visible que no tenía escapatoria.

- ¿No deberíais estar en casa con vuestras familias? - preguntó el joven.

- Oh… No te preocupes - respondió ella, adelantándose aún más, con voz zalamera -. Ya somos lo bastante mayores para ir solitos por la calle.

- Lamento si os he ofendido, entonces - contestó él con una leve inclinación de cabeza -. Creía que erais críos de instituto.

- Sólo repetidores - dijo uno de los chicos -, pero con los 18 bien cumplidos.

La leve sonrisa socarrona del joven se acentuó, para desconcierto de la chica y sus amigos. Con insólita calma, cogió las muletas con una mano y se descargó con soltura la mochila de los hombros, sujetándola como si fuera un liviano cojín.

- Pues si tanto queréis ayudarme - respondió alegre alzándose de hombros -, os lo agradezco.

Y acto seguido estampó la mochila en el pecho del chico que tenía más cerca, de tal manera que éste dio con la cabeza contra la pared. El otro muchacho hizo amago de abalanzarse cuando el joven le golpeó con fuerza con una de las muletas por detrás de las rodillas, haciéndole caer limpiamente al suelo. Y antes de que ella pudiera reaccionar, el desconocido la cogió por el cuello de la chaqueta, dándole la vuelta hasta estar a sus espaldas, el brazo de él aferrándole los hombros mientras el otro la sujeta por la cintura.

- Qué amables sois los jóvenes de hoy en día… - dijo él.

Lo siguiente que ella sintió fue un agudo dolor en el cuello que duró un instante mientras él la atenazaba pero sin hacerle más daño, para luego sentir que se le iban las fuerzas a la vez que la dejaban caer suavemente en el frío y sucio suelo.


Fedre avanzó por las calles más despacio de lo que le hubiese gustado.

Pensaba que tendría una temporada tranquila para dedicarse a sus proyectos artísticos cuando su agente le pidió unos días libres por asuntos familiares. Rara vez su lacaya hacía tal petición, sólo en épocas muy concretas como en la que estaban. Y él accedió como una forma de recompensar su eficiencia. Además, la mayor parte de editoriales hacían vacaciones por lo que consideró oportuno darle ese breve descanso. Incluso si ella no estaba, seguía siendo muy capaz de arreglárselas para llevar a cabo pequeños asuntos mundanos, como conseguir el material que necesitaba por su cuenta.

Con lo que no había contado era con la accidentada mudanza de Jofre justo el día anterior. Recordó tarde que no todos sus congéneres tenían las mismas capacidades cuando, inconscientemente, le pasó el pesado armario a su compañero francés. A éste se le resbaló por el peso cayendo escaleras abajo, encima de Fedre por mucho que intentase esquivarlo, y clavándose una de las esquinas en la rodilla, reventándosela literalmente. Algunos de los suyos tenían la capacidad de aumentar su resistencia contra el daño físico, pero así como uno no tenía fuerza sobrehumana, el otro tampoco tenía la piel de acero.

El resultado fue de comedia de serie Z: con la pierna abierta, Fedre trató de ocultar la sangre y las astillas óseas esparcidas entre los escalones mientras mantenía la mirada con una sonrisa afable, a pesar del dolor, en la vecina que había salido alarmada al oír el estruendo. Prácticamente había conseguido mantenerla absorta para hacerle olvidar lo que estaba viendo, cuando los chicos de Billy aparecieron, desplazando el armario con tan mal tino que soltaron la cuerda que sujetaba las puertas. Enseres médicos de diversas épocas que recordaban más a instrumentos de tortura que a herramientas quirúrgicas, se desparramaron por el vestíbulo ensuciándose de la sangre derramada cuando otro vecino encendió la luz del edificio, iluminando aún más la ya colorida escena. A Fedre le costó un par de horas hacer olvidar a los testigos lo que habían visto, y eso antes de que el buen doctor pudiera atender su pierna.

En circunstancias normales no le hubiese molestado darse un paseo por la ciudad, pero con la rodilla aún a medio reconstruir las cosas cambiaban. Tras pelearse, en balde, con el ordenador para hacer el encargo, tuvo que desistir y optó por hacer la compra personalmente. Y en ello estaba ahora, aprovechando que anochecía más temprano. Recorrió un par de manzanas con la ayuda de las muletas que Jofre le había proporcionado como último favor antes de marcharse, hasta encontrar la tienda de arte donde normalmente encargaba el material. Estaba cerca del refugio, pero aún así el trayecto se le había hecho largo. Además, las calles atiborradas de gente haciendo las últimas compras entorpecía su marcha.

Pero al fin llegó a la tienda. Se plantó a un par de metros de la puerta de vidrio, mirando el escaparate y cómo la disposición del viejo y cuidado mobiliario apenas había variado en décadas. No pudo evitar una leve sonrisa de nostalgia mientras revisaba el interior de la tienda desde su posición, comprobando que no habían cámaras de seguridad y que a lo sumo habían instalado lectores de códigos de barra en algunos estantes. Y mientras se disponía a entrar, se percató de que en el portal contiguo había un grupo de chavales riendo. Por su comportamiento, parecían pandilleros, pero sus ropas caras le daban a entender que eran de buena familia. De hecho, parecían un poco fuera de lugar en esa zona. Cierto era que aquel no era un barrio hostil para aquel comportamiento, pero tampoco se trataba de uno de aquellos distritos pijos de la zona alta de la ciudad, más propias de aquellas ropas por lo que Fedre dedujo que estaban lejos de su área habitual. Y la chica del grupo le examinaba. Le dio la sensación de que quizá sería la cabeza pensante, pero no le prestó más atención y sólo le dedicó una sonrisa a modo de saludo cuando abría la puerta. Ella giró la cara con un mohín de desdén.

Nada más traspasar el umbral, la amalgama de aromas de acrílicos, acuarelas, tintas y demás líquidos dedicados a la pintura le dieron la bienvenida. Sabía que había sido un acierto madrugar un poco, pues aún le quedaba tiempo antes del cierre para recorrer toda la tienda, y lo aprovechó. En realidad sólo necesitaba papel vegetal y un nuevo set de rotuladores calibrados, pero se perdió entre las estanterías y, para cuando hubo recorrido todo, descubrió que tenía el carrito lleno. Ahora recordaba por qué encargaba a su agente el aprovisionamiento de material, sobretodo cuando llegó al mostrador para pagar. Hacía tiempo que dominaba la nueva moneda, pero por mucho que lo intentase no había manera de hacer funcionar las tarjetas por lo que siempre llevaba metálico; aunque quizá demasiado, a juzgar por la cara de la dependienta cuando le vio sacar un par de billetes de tres cifras.

- Antes he de… esto… pasar el material por el sistema - dijo la mujer.

- Sí, claro, disculpa.

Fedre le pasó el carrito por encima del mostrador. La dependienta lo cogió, confiada por la ligereza con que él lo había levantado, cuando se percató de que pesaba demasiado para ella y a punto estuvo de caerle encima si Fedre no hubiese sido lo suficientemente rápido.

- Sí que estoy floja hoy… Será el estrés de estas fechas… - dijo la mujer cuando él tomó de nuevo el carrito.

- Perdona, a veces me olvido de que soy… bastante fuerte - respondió Fedre dejando el carrito entre las muletas.

- ¿Ya podrás llevarte todo? - preguntó la dependienta mientras pasaba los productos por el lector de uno en uno.

- Para eso he traído la mochila - respondió a la vez que iba metiendo material.

Al final no pudo entrar todo en la mochila y la dependienta le preparó el resto en varias bolsas de papel. Fedre se veía capaz de cargarlo todo, pero dudaba de la resistencia de las bolsas, además de que resultaría demasiado sospechoso con las muletas. Encargó que se lo guardasen, que ya enviaría a alguien a por ello en unos días si él no podía pasarse, y se despidió de la dependienta deseandole felices fiestas. Mientras salía por la puerta, aún guardando el cambio en la cartera a la vez que sujetaba las muletas bajo la axila, vio que la pandilla de chavales seguían en el portal. La chica le seguía mirando, pero ya no lo hacía con desdén si no con interés. Fedre les ignoró y, sin prisas, terminó de colocar los billetes en la cartera tras lo cual la guardó, y avanzó despacio por la calle. No sólo se le resentía la rodilla por el peso de la mochila, si no que además quería ver si aquellos tres habían picado.

Y vaya si lo habían hecho…

La chica se quedó con los ojos medio abiertos conforme la depositó en el suelo. Sentía su sangre cálida fluir por la garganta hasta el pecho a la vez que notaba las partes heridas de su cuerpo desentumecerse. Pero cuando trató de concentrarse en curarse la rodilla, el chico al que había hecho caer con la muleta se incorporó. Tras unos segundos de indecisión en que no sabía si iba a ayudar a su amiga, a abalanzarse sobre él o a echar a correr, el crío giró en redondo para salir del callejón. Manteniendo su posición, inmóvil, sus ojos pardos se oscurecieron aún más al dilatarse sus pupilas, y las sombras se volvieron tangibles a su alrededor, envolviéndole. Los fantasmas le seguían rondando, pero fue lo suficientemente rápido a la hora de transformar la silueta oscura a los pies del muchacho en un tentáculo que le atenazó los pies, arrastrándole de vuelta mientras Fedre volvía en sí. El chico se giró en redondo, tratando de golpearle con los puños asustado, pero Fedre lo dejó semiinconsciente de un puñetazo. Le hizo una presa desde el suelo y alcanzó su cuello, hundiendo sus colmillos en la carótida.

Sorbió hasta que notó el pulso del chico ralentizarse, pero manteniéndose firme. Fue suficiente para Fedre, quien se tomó su tiempo para hacer que la reserva de sangre curara la rodilla, notando como el hueso se desarrollaba de nuevo. Los tejidos y nervios se reparaban a marchas forzadas durante dolorosos minutos en los que tuvo que reprimir varias veces un alarido. Pero al fin el suplicio terminó y se levantó, aún tambaleándose hasta que se acostumbró a la pierna curada. Sin embargo, las dos tomas no habían sido suficientes por lo que se acercó al tercer muchacho, quien empezaba a espabilarse. Fedre se acuclilló a su lado, tapando con su cuerpo a los otros dos y no le costó esfuerzo alimentarse de éste.

Y con ello dio por finalizada su cena. Comprobó que los tres seguían vivos y más o menos conscientes, y les dedicó a cada uno una de sus miradas olvidadizas. Reservó a la chica para el final, y mientras la ayudaba a apoyarse en la pared junto con sus amigos, rebuscó en sus bolsillos hasta dar con su teléfono.

- Llama a emergencias - le ordenó con voz tranquila mientras le sujetaba la mandíbula suavemente para mantener el contacto visual.

- Sí… - logró responder ella.

La chica hizo caso inmediatamente, mientras hacía grandes esfuerzos por mantenerse serena. Fedre consiguió escuchar como daba torpes indicaciones a su interlocutor cuando se puso la mochila de nuevo a la espalda y cogía las muletas. Una de ellas se había doblado un poco por lo que, agarrándola por ambos extremos manteniéndose de espaldas al trío, la enderezó con bastante acierto antes de salir por el otro extremo del callejón.

No habían pasado ni diez minutos cuando, desde otra manzana, escuchó las sirenas de un par de ambulancias acercarse a la zona que acababa de abandonar. Sonrió, satisfecho por no haber sido demasiado cabrón con los chavales, e inició de nuevo la marcha hacia su refugio. Sostenía las muletas con una mano cuando vio yendo hacia él a un viejo vecino, moviéndose despacio sujeto a la pared como le había visto hacer otras veces.

- Buenas noches - lo saludó Fedre.

El anciano le dedicó una leve inclinación de cabeza como saludo, y Fedre se dio cuenta de que tenía frío. Iba a pasar de largo cuando se le ocurrió una idea.

- ¿No debería estar con su familia? - preguntó.

- A eso voy, pero las piernas no me responden como me gustaría - respondió el anciano.

- Quizá le ayuden - dijo Fedre, y le tendió las muletas.

- ¿Y esto? - preguntó el hombre, confuso.

- He pensado que le irían bien.

El anciano las cogió y las probó, acomodándose a los reposabrazos y dio unos pasos, primero indecisos pero luego más seguros.

- ¿Seguro que no las quieres?

- Quédeselas - respondió Fedre -. Con suerte no las voy a necesitar.

- Pues muchas gracias, oye. Para que luego digan que la gente joven no ayuda…

“Ni que lo diga”, se sonrió Fedre. Se despidió del vecino deseándole felices fiestas y, en su fuero interno, reconoció que en el fondo era un sensiblero, sobretodo en estas fechas.

dimarts, 1 de juny del 2021

El chico de ojos claros


- Creía que íbamos a estudiar enfermería el próximo curso.
- Ya, pero me lo he pensado mejor y prefiero conocer mundo primero. Ya sabes, aprovechar antes de que esté demasiado ocupada con todo.

Júlia miraba las estrellas que empezaban a brillar en el cielo, destacándose en el crepúsculo. Llevaba un rato tumbada boca arriba, al lado de su hermano. Damià se la quedó mirando, con la mano del cigarrillo apoyada en la rodilla. Cuando eran pequeños, eran prácticamente clavados; sólo se distinguían por los ojos, pues el chico había heredado el tono claro de su padre, un color indeterminado entre verde y gris, mientras que los ojos de Júlia eran de pardo oscuro como los de su madre. Sin embargo, antes de hacer la primera comunión, ella dio un estirón lo suficientemente grande como para que no se notase tanto que eran gemelos. Damià tardó unos años en igualar y superar la altura de su hermana, aunque seguía siendo el chico más bajo de su clase mientras Júlia se había convertido en una de las muchachas más esbeltas del instituto.

- No sé si a papá y a mamá les hará gracia.

- Supongo que a mamá le dará un síncope. A papá directamente que le den.

Damià le dedicó una mirada de reproche al oirla hablar así de su progenitor.

- ¡No me mires así! - respondió la chica - No sé cómo no se han divorciado…

- Mamá ha empezado a planteárselo.

Estuvieron callados unos minutos, hasta que Júlia se levantó.

- Con el palo que me da pensar en otro viaje ahora… - dijo el chico tras dar una calada.

- ¿Quién te ha dicho que vendrás conmigo? - respondió la chica, quitándose el polvo del pantalón.

- ¿Y yo? - dijo alguien acercandose tras la espalda de Damià.

- Hola Miquel - saludó ella mientras se alejaba.

- ¡Oye, Júlia! ¿Yo puedo ir contigo o no? - preguntó el recién llegado, a lo que Júlia empezó a tararear como única respuesta.

- Deja de intentarlo, Miquel - dijo Damià -. Tiene las ideas muy claras.

- ¡Yo también! - dijo el susodicho, sentándose a su lado - ¿Qué os contáis?

Damià dio una última calada al cigarrillo, admirando el paisaje africano que se extendía ante ellos.

- Nuestros padres se van a divorciar - respondió al final.

- Vaya… ¿Lo siento?

Apagó la colilla en el suelo concienzudamente y la guardó en una bolsita de cartón que había hecho a partir de una cajetilla de tabaco. Miquel conocía a los hermanos desde el colegio y sabía la situación de sus padres; de hecho, todos los vecinos del pueblo la conocían.

- Mi madre ha empezado a mirarse el papeleo con la abogada.

- Bien por ella. No necesita seguir tragando la mala ostia de tu viejo.

- Tiene miedo de lo que digan los vecinos.

- ¡Vamos, Dam! Todo el mundo sabe que tu padre es un canalla, y un pichabrava. Hasta el mio, que es amigo suyo de toda la vida, sabe que es un imbécil. Buen tío con el que irse por ahí, pero siempre ha causado problemas a todas las mujeres con las que ha estado. Según me dijo mi viejo, cuando tus padres se casaron no se lo podía creer, y menos cuando a penas llevaban un par de años saliendo.

- Me dijo que ninguna novia le había durado tanto - respondió Damià -. Supongo que mi madre era una recién llegada al pueblo y, teniendo familia conservadora, bueno...

Arrebujó la cabeza entre las rodillas, sin ganas de seguir con el tema. Agradeció en silencio que Miquel se callara y siguió contemplando el paisaje, con el sol ya oculto en el horizonte.

- ¡Estáis aquí!

El padre Jaume, uno de los sacerdotes más jóvenes, se acercó hacia ellos. A los chicos siempre les pareció que estaba fuera de lugar, como si su sitio fuese más una oficina que el campo abierto.

- ¿No os tocaba comedor a vosotros?

- Ha ido Júlia a ayudar - respondió Damià.

- Nosotros lo hemos hecho por la mañana. Esta noche les tocaba a las chicas - siguió Miquel.

- Cierto… - el padre Jaume se quedó pensativo - Ayudadme a buscarla, entonces.

Ambos jóvenes se levantaron y siguieron al sacerdote hasta el poblado que se había convertido en su hogar durante las últimas semanas. Llegaron al comedor, donde estaba otra de las voluntarias atendiendo a los niños y niñas. Le faltaban manos para prestarles atención a todos, por lo que Damià se quedó para ayudarla mientras Miquel y Jaume fueron en busca de Júlia. Sin embargo, para cuando terminaron de cenar los pequeños, sólo el sacerdote había vuelto con ellos. No había encontrado a la chica y le había perdido de vista a Miquel. Llegaron el resto del equipo de voluntarios para cenar, con lo que Jaume aprovechó para organizar grupos de búsqueda.

- Porque Júlia y Miquel no estarán… - preguntó disimuladamente el sacerdote a Damià.

El chico se lo quedó mirando con cara de circunstancia y le aseguró que no, no estaban saliendo ni su hermana tenía la intención, y se fiaba de la lealtad de Miquel. Jaume se encogió de hombros y formó un par de grupos de tres personas entre los misioneros y los voluntarios de más edad. Los más jóvenes se quedaron encargados de recoger las viandas y esperar en el poblado. Damià hubiese deseado formar parte de uno de los grupos, pero Jaume no se lo permitió por ser aún menor de edad, por lo que se dedicó a lavar los platos tratando de no pensar en su hermana y en su amigo. Cuando terminó, no obstante, y tras echar un último vistazo a la cabaña en la que se alojaban por si hubiesen vuelto, cogió su linterna, la navaja y se fue a buscar por su cuenta.

La luna llena en el cielo estrellado le proporcionaba suficiente luz. Se dirigió primero al borde del acantilado, donde viese a Júlia por última vez, y consiguió dar con el rastro de sus botas. Lo siguió en el trayecto que se dirigía al poblado, hacia el comedor, hasta que descubrió que se desviaba hacia la sabana. Cogió un palo a modo de cayado para ahuyentar a posibles alimañas, aunque procuró no pensar en qué haría si le descubriese un predador grande. Podía oir a lo lejos los rugidos graves de un león marcando su territorio, por debajo de las llamadas de los equipos de búsqueda. Distinguía las linternas a cientos de metros de donde se encontraba mientras seguía el juego de huellas que creía eran de Júlia hasta que, de repente, le costó distinguirlas. Consideró que estaba lo suficientemente lejos para no ser visto, así que encendió la linterna. Y lo que vio le dejó perplejo. Había dos juegos de huellas. En un momento dado, uno de ellos había desaparecido para ser substituido por un par de rastros sinuosos.

Damià se temió lo peor, pero no tuvo tiempo para pensar. Algo le golpeó en la cabeza, justo sobre la ceja izquierda, con suficiente fuerza para tumbarlo. Sintió que alguien le maniataba las manos para luego tirar de sus piernas, arrastrándole por el suelo. Se clavaba las piedras y las zarzas, pero estaba demasiado abotargado como para reaccionar. Cuando se detuvieron, Damià aún se sentía mareado, aunque estaba lo suficientemente sereno como para comprender que estaba en una cueva. La luz de la luna alcanzaba el interior por una abertura de roca natural, reflejándose en una charca de agua de la cual discurrían un par de riachuelos. Trató de incorporarse, pero sufrió un nuevo vahído que le hizo desplomarse, soltando un gruñido.

- ¿Hola?

Damià reconoció la voz de Júlia. Estaba muy cerca de él.

- Júlia…

- ¿Damià? ¿También te ha cogido?

- ¿Qué ha pasado?

Oyó que alguien se arrastraba hasta donde estaba y notó el ligero perfume de su hermana.

- Me dijo que le acompañase un momento, entonces me cogieron por detrás y me trajeron aquí.

- ¿Quién?

Un ruido de pasos interrumpió la conversación. Dos personas se acercaban arrastrando a una tercera. La vista de Damià se había acostumbrado lo suficiente a la penumbra para distinguir a Miquel, maniatado también. Una de las otras dos personas cogió a Júlia por las piernas y la separó de su hermano.

- ¡Suéltame, motherfucker!

La chica pataleó en balde. Damià reconoció a los captores como los dos turistas estadounidenses que habían llegado al poblado en un safari hacía unos días.  Supuestamente, a estas horas deberían estar en la capital del país; ¿qué hacían allí? Recordaba haber hablado con ellos junto con Júlia y Miquel, bromeando sobre el hecho de que eran gemelos, aunque a Damià no le había quedado claro si los ancianos habían entendido quien era el hermano de quién.

Tras mantener separados a los tres jóvenes, se quedaron hablando entre ellos. Aquella pareja de afables ancianos parecían discutir, ansiosos. Uno de ellos buscaba en una mochila y Damiá distinguió un brillo metálico en las manos de éste. El otro anciano, con un bote en la mano, empezó a echar el contenido a puñados alrededor de la charca de agua mientras entonaba una melodía en un idioma desconocido para el joven. Terminó de vaciar el recipiente echando los restos sobre cada uno de los tres amigos. El otro le preguntó porqué marcaba a los tres cautivos y ambos empezaron a discutir. Damià hubiese reído si no fuese por el dolor de cabeza: los ancianos seguían sin tener claro cual de los dos chicos era el hermano gemelo.

El hombre del cuchillo le indicó al otro que debían empezar ya, pues la luna estaba a punto de entrar de lleno en la charca. Ambos se situaron el uno frente al otro, repitiendo la cantinela, hasta que el satélite iluminó el agua, y su luz reflejada iluminó toda la cueva. Damià entonces se percató de los dibujos rupestres que adornaban las rocas, y no le gustó lo que vió. El anciano del cuchillo se hizo un corte en la mano, dejando que la sangre cayese al agua, siendo imitado por su compañero quien tenía su propia arma. El joven se incorporó y trató de dar indicaciones a Júlia y a Miquel mientras los hombres estaban ensimismados, pero su amigo no respondía y su hermana estaba demasiado lejos. Entonces uno de los ancianos le propinó un derechazo que lo tumbó de nuevo al suelo, pateandole para asegurarse de que estuviese quieto, y se dirigió hacia Júlia. La muchacha soltó un chillido de dolor cuando el anciano la cogió del pelo, arrastrándola hasta la charca. Su reflejo apareció en el agua; su melena oscura, ahora suelta, le ocultaba la cara, prácticamente en shock, aunque Damià acertó a escucharla rezar. El otro anciano cogió a Miquel, situándolo frente a Júlia al otro lado de la charca.

- Wake up, wake up! You must be awake, love - dijo dulcemente mientras lo zarandeaba, hasta que el chico abrió sus ojos oscuros.

Los ancianos volvieron a intercambiar unas pocas palabras, discutiendo de nuevo sobre si el chico era el correcto. Al final ambos concluyeron que los gemelos deberían tener el mismo color de ojos. Levantaron los cuchillos, entonando el cántico con más fuerza a medida que las aguas parecían hervir. Damià aún se retorcía de dolor en el suelo, sin poder apartar la mirada de la charca, cuya agua parecía elevarse. Júlia y Miquel se quedaron mirándose el uno al otro, pero sólo él, con un amago de sonrisa en los labios hinchados, consiguió articular palabra.

- T’estimo… 

Las armas bajaron en rápido movimiento tiñéndose con la sangre de los jóvenes. La masa de agua se enturbió con el líquido oscuro que manaba a borbotones. Damià sólo podía mirar, estupefacto. Algo más a parte de la sangre pareció removerse en la charca, pero el joven sólo tenía ojos para ver cómo el cuerpo de su hermana se desplomaba entre las rocas, cercano al de Miquel.

De repente los ancianos empezaron a aullar. Aquel sonido antinatural pasó a ser de extremo dolor, pero Damià no pudo identificar a qué se debía. Trató de gritar el nombre de su hermana, pero no le salió la voz, y algo le empujó contra la pared, golpeando con todo su ser entre las pinturas rupestres.

- Wrong boy, you idiot! - gritó uno de los ancianos.

Los americanos parecían demasiado ocupados peleándose entre ellos, o contra algo. Damià no sabía, pues a su vez tenía centrada toda la atención en la navaja del bolsillo del pantalón. Haciendo un gran esfuerzo para ignorar el dolor en el torso y en las muñecas, se retorció todo lo que pudo hasta que consiguió meter la mano en el bolsillo y alcanzar la navaja. La apretó con fuerza, volviendo a una posición cómoda dentro de lo posible, y la tanteó con ambas manos para abrirla. Y lo consiguió, pero no pudo evitar cortarse. Damià creyó que se habría amputado el dedo, pues el arma resbaló de entre sus manos a causa de la sangre pero también por la flojera causada por el dolor. Para su horror, oyó pasos arrastrándose hacia él. Sin pensar en la herida, el joven tanteó el suelo y agarró la navaja de nuevo justo cuando el más fornido de los ancianos tiró de él, arrastrándole hacia las aguas. 

El hombre obligó a Damià a arrodillarse, quien trató de resistirse cuanto pudo hasta que notó el filo del cuchillo en la garganta. El joven continuaba aferrando la navaja, manteniéndola oculta entre las manos sin saber qué hacer con ella. El anciano se puso a gritar a la luna, a la charca o a la cueva, Damià no lo tenía claro, algo como que le ofrecía en sacrificio al hermano correcto, pidiendo perdón por el error, y que aplacara su furia.

- It’s too late! It won’t work! - gritó el otro americano; Damià no supo de dónde venía su voz, pero parecía venir del otro lado de la charca, entre las rocas.

- I don't wanna die ‘cause of your mistake, you idiot! - replicó el otro.

Su captor se puso a recitar algo parecido a la oración anterior de la que el chico nada podía entender mientras, incomprensiblemente para Damià, el nivel del agua de la charca iba subiendo hasta alcanzar sus rodillas. Sin embargo, en un momento de éxtasis, el anciano levantó el cuchillo antes de asestar lo que Damià presentía sería el golpe final, y entonces el joven le clavó en el muslo su navaja, forzando a sus propias piernas a levantarse, empujando con la inercia la hoja en la carne.

Eso sí que fue un aullido de dolor. El anciano perdió el equilibrio, ayudado por un empujón del chico, quien trastabilló a los pocos pasos dando de nuevo contra el suelo, pero para cuando el americano se incorporó, furibundo, un estallido retumbó entre las rocas. Un disparo de rifle. Nuevas voces se mezclaron con sus gritos, pero esta vez Damià pudo reconocer entre ellas al padre Jaume y a otro de los sacerdotes. Un nuevo disparo, y el cuerpo del anciano rodó hasta la charca.

Sintió que alguien le tiraba de los brazos. De repente tenía las manos libres. Como pudo se levantó y fue hacia la charca, buscando los cuerpos de Júlia y de Miquel, pero no los vio a simple vista. Ni siquiera se preocupó por el corte del dedo, aún sangrante. El padre Jaume le llamó repetidas veces, tratando de darle alcance, pero Damià se escabulló entre las rocas hasta que al fin los encontró. Quería creer que se lo había imaginado, quizás soñado, hasta que vio el corte, prácticamente cercenando el cuello de su hermana.


Era consciente de que habían pasado varios días, pero Damià no sabía en qué fecha estaba hasta que no reparó en el calendario garabateado del despacho del padre Jaume. Le habían estado arrastrando las últimas 72 horas por varios aeropuertos hasta que al fin llegaron a destino. Y antes de eso le venían retazos de hablar con las autoridades locales, tratando de explicar lo que había visto a la vez que luchaba por mantenerse sereno sin entrar de repente en pánico. Le sonaba que había pasado una noche en algún calabozo, y que en algún momento le habían curado la herida del dedo aunque sospechaba que tenía alguna costilla rota que no le habían examinado. Sentado frente aquel calendario de Caritas, notaba el dolor aún latente en el costado. Pensaba en su madre, en cuanto quería estar en casa, pero a la vez le aterraba lo que se pudiera encontrar.

El ruido de la puerta al abrirse lo puso alerta, y le hizo girarse sobre la silla obviando el dolor. Se tranquilizó al ver al padre Jaume, aunque le costó volver a la posición inicial y no se relajó hasta que el recién llegado ocupase el sillón al otro lado del escritorio.

- ¿Has hablado con tus padres? - preguntó el joven sacerdote.

Damià no contestó en seguida. El dolor en el costado le dificultaba un poco la respiración, pero al fin negó con la cabeza.

- He hablado con el padre Cisco. Hemos quedado de que él hablará con ellos.

- Gracias - susurró el muchacho.

Se quedaron en silencio de nuevo. Damià no quería conversar, pero no le hubiese molestado que el padre Jaume siguiese hablando. Sin embargo el hombre, ya de por sí parco en palabras con los no adultos, no fue diferente en aquel momento, evitando su mirada. El muchacho pensó que aquella situación también le debía quedar grande. Mientras arrancaba el portátil, el sacerdote consultó su móvil un par de veces.

- Espero que no te importe - dijo de improviso sorprendiendo a Damià quien no pudo ocultar su anhelo porque le siguiese hablando alguien cuerdo - pero iré comprobando los mails.

- No, claro que no.

El padre Jaume se recolocó las gafas y fijó la mirada en la pantalla, pero el silencio fue breve esta vez.

- Parece que te acompañaré yo al pueblo. Acaban de llegarme los billetes de tren. Creo que nos puede recoger el padre Cisco, ¿o prefieres que vengan tus padres?

- Mejor no - respondió Damià -. La opción del padre Cisco está bien.

El sacerdote asintió y se puso a mirar su correo. Otro silencio, pero esta vez, haciendo acopio de valor, fue Damià quien lo rompió.

- ¿Se sabe algo de los cuerpos? 

Jaume hizo ver que no había escuchado la pregunta, pero Damià había percibido cómo le había mirado de reojo, e insistió. 

- Padre Jaume, por favor… 

El hombre echó un último vistazo a la pantalla antes de cerrarla. Se quedó con la vista fija hacia donde estaba el muchacho, las manos juntas y con la barbilla apoyada en los dedos índices, mirando realmente a la nada.

- Están de camino, si no he entendido mal. Las autoridades locales hablan un inglés bastante malo y mi francés está muy oxidado. La embajada se encarga de este tipo de… gestiones.

- ¿Quiere decir que… ha ocurrido antes? - preguntó Damià sin pensarlo demasiado. 

- Algún accidente ha habido, pero es poco común. Pero esto… - dijo en un susurro el padre Jaume quien se dio cuenta de que Damià lo escuchaba con atención y clavó la mirada en sus ojos claros - ¿Seguro que quieres hablar de lo sucedido?

- No, la verdad es que no - Damià agachó la cabeza, notando como las mejillas entraban en calor -. Era sólo por saber… 

- ¿Tienes pensado qué hacer el próximo curso? - preguntó el sacerdote, como manera torpe de tranquilizar al muchacho cambiando de tema. 

- Pensábamos… Pensaba estudiar enfermería.

- ¿Medicina no?

- No pasé la nota de corte. Además, no sabría qué especialidad. En enfermería puedo ayudar a más gente. 

- ¿Y después? 

Damià se encogió de hombros, algo sorprendido por la pregunta. ¿Qué cosa podría hacer si no trabajar de lo que había estudiado? 

- Creía que querías ser sacerdote - dijo el padre Jaume. 

- Esa era Júlia. Quería ir al convento después de estudiar.

"Y antes quería viajar", recordó Damià. Aunque también se lo había planteado, en verdad al muchacho no le apetecía entrar en el seminario. Una cosa era hacer voluntariados y echar una mano a la Iglesia; otra, dedicarle su vida por entero. 

- No es mala profesión, pero enfermería está bien. Además, aún eres joven.

Damià escuchó al padre Jaume, pero le pareció que era simple palabrería.

- Miquel era quien quería entrar al seminario - dijo Damià, recordando la decisión de su amigo cuando éste supo que Júlia quería entrar en el convento. 

El sacerdote dio un resoplido que sorprendió al joven. 

- Menudo ejemplo habría dado… - susurró el padre Jaume.

El comentario no pasó desapercibido para Damià, quien se percató del cinismo en las palabras. Agachó la cabeza de nuevo, visiblemente enojado. Sin embargo, mientras trataba de encontrar una réplica, imaginó a Miquel con sotana, soltando alguna bordería a alguna señora mayor, y terminó sonriendo con tristeza, y no pudo evitar que los ojos se le empañaran en lágrimas. El padre Jaume, incómodo, rebuscó entre los cajones; se levantó y se acercó a él, pero una vez a su lado sólo se le ocurrió pasarle un pañuelo de papel del paquete abierto que había encontrado. Damià lo cogió, se sonó y se arrebujó aún más en la silla con la cara cubierta por las manos. 

- No quería decir nada malo de Miquel - dijo el padre Jaume -. Conforme se os veía juntos, se notaba que era un gran amigo.

Pero si las palabras buscaban consolar al muchacho, no lo consiguieron.

divendres, 5 de març del 2021

Imágenes del pasado

 

- Estoy escribiendo su historia, ¿sabes? - dijo Greta mientas acariciaba la taza aún humeante.

Fedre se la quedó mirando, sin romper el silencio que seguía desde hacía minutos.

- Al principio pensé “¿Otra historia de la postguerra?”, pero luego me dije que era la historia de mi bisabuela, punto.

Las fotos estaban esparcidas sobre la mesa de la cafetería. Fedre cogió una en particular donde se veía a la mujer de la que Greta le estaba hablando. Àneu, vestida de domingo, tendría unos 18 años; prácticamente ya no recordaba lo guapa que era. Echó un ojo a otras fotografías suyas; en la mayoría estaba ella sola o acompañada por sus hijos, sonriente. En algunas aparecía junto con su marido, Ignacio, un tipo que se le antojaba bastante tosco pese a su impoluto uniforme de Falange. En estas imágenes, Àneu mantenía una expresión seria, y en las poquísimas en que parecía sonreir, le resultaba forzado. Una en particular le llamó la atención.

- Creo que no fue demasiado feliz con su marido - dijo Greta.

Fedre alzó un momento la mirada. Reconocía en su interlocutora los ojos de Àneu y, hasta cierto punto, su expresión socarrona.

- Pues no, no lo parece. Es más, si te fijas - Fedre le mostró la fotografía donde Àneu, ya alcanzada la treintena y acompañada de su marido, mantenía un amago de sonrisa forzada -, aquí, alrededor del ojo, parece un poco hinchado.

Greta tomó la foto, forzando la vista tratando de ver lo que Fedre le había indicado. Cuando lo encontró, enarcó las cejas en señal de sorpresa. A Fedre le hizo gracia, pues recordaba aquel gesto de su propio hermano, pero disimuló su expresión divertida.

- Vaya con Ignacio… - dijo Greta - Mi abuela me contó que alguna vez le pareció verle algún moratón, pero luego me dijo que eran imaginaciones suyas.

- Pues parece que no lo eran…

Su interlocutora dejó la fotografia junto con las demás. Fedre vio como aquella mujer de 40 y tantos que decía ser su prima apretaba los labios, con rabia, para luego relajar su expresión, como resignada. Buscó entre las imágenes durante unos instantes y, cuando al fin encontró lo que buscaba, le pasó otra fotografía con aire triunfante.

- Mira esta. ¿Qué te parece?

Fedre tomó el papel con cuidado. Àneu, con unos 20 años, aparecía acompañada de sus hermanos. Podía recordar sus nombres: Joaquim, el hermano mayor después de ella, y las más pequeñas que en aquel entonces tendrían unos 9 o 10 años, Mireia y Margarida. Y, abrazándolas…

- Eres la viva imagen de tu bisabuelo, ¿sabes? - dijo Greta.

Se quedó mirando la foto. Por aquel entonces había cumplido 16 años y en breve se marcharía para alistarse en el bando republicano.

- ¿Tienes más fotos de otros miembros de la familia?

- Tengo de Joaquim, y sobretodo de Mireia y Margarida, pero de Fedre sólo tengo esa. Mi bisabuela la guardaba como un tesoro; por lo que me dijo, creo que quería mucho a su hermano pequeño, más que al resto. Me dijo que sus padres quemaron todas las fotos de Fedre cuando se fue con los republicanos; sólo se salvó esta.

- Lo… Lo sintió también. Mi abuelo, digo mi bisabuelo - dijo Fedre -. Estaba muy unido a Àneu. ¿Te importa si me la quedo?

- Te puedo hacer una copia, si no te sabe mal. Le tengo un poco de cariño, ¿sabes? Justo acababa de encontrar esa foto cuando vi tu retrato en el cómic de mi hijo. Me quedé pasmada…

- Menuda casualidad - sonrió Fedre -. No sé si tengo, pero buscaré fotos. Creo que había alguna de él un poco más mayor, de cuando estuvo en Francia.

- ¡Me encantaría! - respondió Greta, ilusionada.

Comprobó la hora en su teléfono y se acordó de que su hijo saldría en breve de natación. Apuró su té y recogió las fotografías de la mesa junto con sus notas. Fedre la ayudó.

- Siento irme así, y más porque no has tomado nada…

- No importa. Voy a cenar ahora - dijo él.

- ¿Tan pronto?

- Estoy acostumbrado al horario europeo.

- Diya, de verdad me gustaría que pudieses colaborar en la historia. Me gustan tus dibujos, así que había pensado que podrías, no sé, hacer el diseño de la cubierta.

- Lo haré con gusto.

- Por supuesto, pásame el presupuesto.

- No te preocupes por ello - Fedre le guiñó un ojo -, me conformo con una copia de esa fotografía.

Ambos cogieron sus pertrechos y salieron de la cafetería. Hacía horas que había anochecido, pero Greta empezó a notar ahora el frío del invierno. Prometió llamar a su primo cuando tuviese la copia de la fotografia. Greta se fue en dirección al metro mientras Fedre la observaba hasta que ella se metió bajo el suelo; entonces él inició la marcha hasta su estudio.

Recuerdos que creía olvidados habían vuelto a su mente aquella tarde. Pensaba en las fotografías de su juventud, y recordaba que al menos tenía alguna suya de cuando cumplió los 21 años, junto a sus compañeros maquis, antes de morir.

Un fragmento en la no-vida de uno de mis personajes de rol.

dijous, 24 de desembre del 2020

L’ensurt dels morts

Mariana no entenia perquè seguien aquella tradició un altre any. Ves tu quin trellat tenia separar un plat d'aquell deliciós guisat per als morts. Al seu parer, la seua mare no havia calculat bé les racions i la seua s'havia quedat, segons pensava la pròpia Mariana, força minsa. Considerava que la seua panxa encara no estava prou plena mentre, al fons de la taula, veia com el vapor eixia encara del caldet. Però això no era tot! El seu pare, tot i que un poc a contracor, havia omplert una copa de vi tint per a acompanyar una safata amb part del segon plat. I ara li deixaven un gotet amb mistela! I torrons i pastes!

S'havia promès no dir res. Tot era idea de la novia del seu germà gran i, tot i que li queia bé, considerava que era massa… espiritual per al seu gust. La seua mare li havia dit que al seu país d'origen també feien eixes coses per Nadal, però ho van tindre que deixar quan van arribar on eren ara. Fins i tot la seua iaia, la mare del seu pare, deia que quan era xicoteta també ho feien a casa. Quina barbaritat desaprofitar tant de menjar! No estaven passant tanta fam en aquella època? I després era ella la preadolescent rebel que es deixava les llums enceses? Si ho feia era perquè en uns segons tenia que tornar a l'habitació!

Mariana no es va poder treure del cap aquell desaprofitament. Fins i tot s'havia quedat sense suficient torró de xocolata, el seu favorit, perquè havien reservat un tros per al fons de la taula. Però ella ja estava rumiant un pla…

Passava de la mitjanit quan tots van anar al llit. El seus pares havien deixat que Mariana es quedara fins tard; era festiu i ja era suficientment gran com per a entendre el gran secret dels regals. Va esperar a que tothom marxara a dormir i ella es va quedar un poc endarrerida amb el pretext d'anar al bany.

Abans d'anar a la seua habitació, va fer una última visita al menjador, en silenci. L'estància quedava ara molt lúgubre. Li va semblar que la gran taula on havien sopat tenia una aparença trista, ara refredada després que els comensals hagueren marxat. A més a més, la foscor de la nit hivernal al carrer pareixia voler entrar per les finestres, i ni tan sols les tènues llumetes de l'arbre de Nadal podien fer-li front. Mariana pensava que així es deurien de trobar els lladres que entraven de nit a les cases per a robar, i no li agradava.

Es va apropar en silenci al fons de la taula, on el guisat estava més que fred a l'igual que les costelletes de xai que hi havia de segon amb l'oli començant a solidificar-se, tot donant una aparença poc apetitosa al menjar. No obstant, els torrons i les pastes es podien prendre gelats. Es va dir que agafaria només el torró de xocolata, però quan va veure les pastetes de moniato no es va poder refrenar. Tenia prohibit ni tan sols tastar-los doncs de menuda havia tingut una reacció a algun dels ingredients. Però feia tant de temps d'això…! I hi havia polvoró d'ametlla i nous, i trufes de xocolata, i fins i tot havien ficat algunes gominoles! I la flaire de la mistela li semblava tant encisadora que es va veure el líquid d'un parell de glops, per a després sentir la cremor de l'alcohol per la gola indicant-li que havia sigut mala idea.

Quan es va adonar, s'havia menjat tots els dolços. Ara sí notava la panxa plena i, amb les galtes calentes per la mistela, va pensar que s'adormiria de seguida. El que no tenia massa clar era què diria l'endemà quan s'adonaren de que les pastes i la resta havien desaparegut. Va pensar que s'alçaria prompte amb l'excusa de fer el desdejuni i aprofitaria per a recollir els plats buits, així que va ficar l'alarma del mòbil. Ara només li quedava pensar en què es trobaria l'endemà baix l'arbre, quan es despertara al matí.


Unes hores més tard, Mariana es removia de dolor al seu llit. No sabia quina hora era, només que havia despertat amb una forta punxada a l'estómac i que aquesta no li passava. Va provar d'anar al bany, però tot i haver pogut buidar la panxa, li continuava fent molt de mal fins al punt que notava els ulls humits per les llàgrimes. Va pensar en cridar als seus pares, però llavors es donarien compte de la seua malifeta, així que va aguantar. Mariana va pensar que potser havien sigut massa dolços, o potser els pastissets de moniato. Però estaven tan bons…

“I mira què ho saps de sobres!” va sentir que algú li cridava. Va pensar que era la seua consciència. “No tens remei, Mariana!” va continuar la veu, ara més profunda. “No recordes lo que va passar quan eres menuda?”. Ara la veu li resultava molt familiar, i sabia que no era seua. “L'ensurt que ens vas pegar a la iaia i a mi!”.

- Iaio? - va fer Mariana amb un fil de veu, a l'hora que obria els ulls.

Al seu costat hi havia quelcom difuminat, però quan va aconseguir enfocar la vista, la xica va poder reconèixer la cara del seu iaio.

- No, no estàs morta - va fer l'home, com endevinant els pensaments de la seua neta -. Has de despertar als teus pares!

- Però llavors s'assabentaran del què he fet… - va dir amb un fil de veu.

- Crida, Mariana, crida!

Mariana va obrir la boca, obedient, però la veu no li eixia. Ara el mal d'estómac era tan fort que li costava mantindre's serena. No podia ni tant sols pensar quina mena de miracle era aquell que podia veure i parlar al seu iaio, mort una dècada enrere.

- Vicent - algú va xiuxiuejar el nom de l'home i la figura espectral es va incorporar -. He intentado despertarles, pero han tomado demasiado.

La xica va tractar de fixar la vista en el nou espectre que hi havia a l'entrada de l'habitació. Parlava amb un accent similar al de la seua mare però li costava reconèixer aquell rostre, tot i que li sonava d'haver-lo vist en alguna fotografia.

- Collons… Mariana, alçat! - va ordenar el seu iaio - Ràpid! Has de moure't!

- Lo volveré a intentar, a ver…

- Grasias Manuela.

Mariana es va asseure a la vora del llit, però va acabar torçant-se amb una nova punxada i no va caure al terra perquè el seu iaio la va poder subjectar, empentant-la de manera que es va quedar estirada al llit de nou. Va notar com l'espectre li mantenia la mà a sobre el front, suaument, però amb contacte gèlid.

- Mariana! - va cridar algú, i li va semblar que eren els seus pares a l'uníson des de la seua pròpia habitació.

Per a quan la seua mare va aparèixer, agenollant-se al seu costat com un raig, el seu iaio havia desaparegut. La seua mà càlida al front li va parèixer que cremava després del contacte amb la del fantasma.

- Mija, estàs bullint! Antoni, treu el cotxe que marxem a l'hospital!

Mariana va sentir que algú l'alçava pels aires i li ficaven al cotxe, tapada amb la manta del sofà. Només va poder entreveure per la finestra del vehicle com dos figures difuminades els observàven des de la finestra de la seua habitació.


Es va despertar quan va sentir l'alarma del mòbil sonant a les 7h del matí. Estava a un llit diferent, amb una via al braç esquerre. Va observar com les gotetes queien amb parsimònia de la bossa del goter mentre tractava de comprendre què havia passat. El seu pare va apagar l'alarma i la va saludar amb un somriure de tranquil·litat que contrastava amb un rostre cansat després d'haver estat tota la nit en vela. Es va seure al seu costat i li va contar que estaven a l'hospital comarcal, que quasi no ho compta, que era quan ella era xicoteta, i que havia sigut una sort que ell i la seua mare es despertaren a temps.

- Papa, qui és Manuela? - va preguntar Mariana.

L'home se la va quedar mirant, totalment pàl·lid i tant sorprès que va tardar uns segons a respondre.

- Era la mare de la teua mare, la teua iaia. Va morir abans que nasquera el teu germà. Perquè ho preguntes?

La xica no ho va poder evitar. La por passada i la tristor del record del seu iaio la van envair i li van saltar les llàgrimes. El seu pare la va abraçar, tractant de consolar-la.

- La vaig veure anit… - va fer Mariana, amb un fil de veu - I al iaio Vicent també. Van cuidar de mi.

El seu pare va parèixer rumiar la resposta i, de colp, també ell va arrencar a plorar mentre abraçava a la seua filla amb més força.

- Manuela ens va avisar en somnis que estaves malament.

dimarts, 24 de novembre del 2020

Licántropo


A Adam le dio la impresión de que algo se movía entre los arbustos. Se acercó y vio un abrigo sobre las ramas; era blanco, y olía a perfume. Un perfume que le recordaba a alguien.
Entre los árboles situados detrás de los arbustos, la luz de la luna se colaba entre las ramas, y Adam pudo vislumbrar que algo se movía entre ellas.
Rodeó el pequeño bosquecillo, hasta encontrarse en medio de un claro entre un grupo de frondosos árboles que separaban la zona del estanque de la del camino. Y ahí, entre los árboles, lo vio.
Era un hermoso perro; una raza de esas de las nieves, o incluso un lobo. Su pelaje era blanco, más oscuro por el lomo y la parte superior de la cabeza, y los ojos azules brillaban con la pálida luz lunar. El animal parecía asustado. Adam lo llamó suavizando la voz.
Poco a poco, la bestia se levantó, hasta superar la altura de Adam.

dimarts, 3 de novembre del 2020

Ànimes retrobades


El soldat va travessar una altra mata de llorer en la seua carrera en l'obscuritat. Exhaust, temerós i ensangonat, sense tindre clar si l'apreciat líquid que tacava el seu gipó era seu o d'un rival, o potser d'aquell amic a qui va intentar socórrer en va. Estava ferit, i sabia que era greu, però no tenia moment de guarir-se a ell mateix car els enemics el cercaven. Ja no sabia quan de temps havia passat des de que el seu comandant va cridar a retirada. Va sentir el clam dels companys, el del corn, però per a quan es va veure lliure per a atendre'l, ja estava sol. L'aldarull dels crits de l'exèrcit rival, tant a prop, el van treure de la seua abstracció. Recorda haver tret la seua espasa del recent finat, assegurar el coltell al cinturó, i buscar l'escut, perdut com el seu casc. Va córrer cap al bosc des d'on el seu propi destacament havia aparegut, però per molt que tractava d'escoltar, només sentia els enemics.
Va rodolar sobre romer, adolorit en la foscor del bosc, sense saber cap on anava. Només sentia la remor dels seus enemics, en persecució cap a la pressa que era ell. Havia caigut per una pendent i sospitava que s'havia malmès els turmells. Va prosseguir el seu descens, trontollant entre els arbres, fins arribar baix del tot, a una riera poc profunda i on el cel, a la fi, s'alçava sobre el seu cap. Però tot li pareixia fosc. No podia veure les estrelles i la remor de l'aigua no era suficient per a apagar els crits que el seguien.
Va començar a escalar l'altra paret, amb la por de que el trobaren, ajudat pel ganivet el qual clavava sense massa encert en la pedra calcària que es desfeia per moments. Però va aconseguir tornar a amagar-se entre la vegetació, arrossegant-se entre les roques fins a sentir-se segur. Així va romandre, amb l'esperança de que aquells crits deixaren de sonar a l'altra banda de la riera, desitjant escoltar només la remor dels arbres i els sons del bosc. Mentre tractava de recuperar l'alè, va rememorar quan, de ben menut, la seua mare anava a buscar-lo fins al llindar del bosc de prop de casa, amb veu enfadada i amenaçant-lo de que es quedaria sense sopar. Va recordar el seu rostre preocupat rere els matolls, i com s'il·luminava amb un somriure quan ell apareixia de nou. Havia passat molt de temps d'ençà l'última vegada que la seua mare li havia dedicat ni tant sols una carícia. Els seus camins s'havien separat feia anys. Quant havia passat? Déu, quinze anys sense trobar-se amb els seus ulls bondadosos? El soldat va recordar la calidesa dels seus braços, la tendresa de com li acaronava el front just abans de dormir. Podia sentir-la de nou, com li apartava les grenyes, suades i brutes de sang i fang; però a aquella mà, delicada i ferma, no pareixia importar-li. De nou li va passar per sobre les celles, alleugerint la seua por i el seu dolor. No volia obrir els ulls, no en aquell moment doncs no podria contenir les llàgrimes que li ennuegaven a la gola. Ara tenia clar que no la tornaria a veure i que aquell record era el seu únic consol. De nou va sentir la carícia sobre el seu front, com si de veritat aquella presència tranquil·litzant estigués al seu costat, i ja no va poder evitar els sanglots. Tots aquell dolor, aquella enyorança i temor dels anys que passava allunyat de qui més s'estimava, tot va eixir de colp.
Quan ja no li van quedar més llàgrimes que vessar, va obrir els ulls i va ésser conscient de nou d'on estava. Seguia al bosc i, tot i que continuava escoltant una remor de batalla, aquesta se li entoixava més somorta, com llunyana. Sentia també ara els aromes de les plantes, a pesar del nas trencat, el mesc de les feres properes, la pudor ferrosa de la sang. Es va dir a si mateix d'estúpid en endavant per haver-se quedat a plorar com si fos una criatura de pit enmig del no rés. En un darrer esforç, es va alçar de nou, recolzant-se amb la seua espasa, clavada la punta al terra, i amb el tronc d'un roure que veia difuminat. Li costava respirar pel dolor de les ferides, tot i que es va consolar en que els turmells encara li responien. Mig a les palpentes, va avançar entre els arbres fins que l'obscuritat va ser del tot patent al no tindre el cel a sobre. Veia una llum entre els fullatge i, després d'assegurar-se que no era una torxa enemiga, va fer camí cap a ella. Amb un poc de sort, va pensar, seria la casa d'algun pagès que el podria amagar.
La llum, no obstant, era més llunyana del que pareixia. El guerrer va començar a ficar-se nerviós i, de nou, els crits dels enemics es van fer més forts. La por el va envair donant-li forces renovades per a córrer no sabia on. Quan es va adonar que corria com un foll, havia perdut la llum de vista. Desesperat, i notant els enemics a prop, es va plantar agafant fermament l'espasa en posició defensiva. Els crits i l'aldarull del combat tornava a ser a sobre seu, fins que podia sentir la presència dels enemics al seu mateix costat. De colp, aquella carícia al seu front el va fer obrir els ulls de nou. Sentia les mans engarrotades de tant fort que agafava l'espasa, i només els sons del bosc arribaven als seus sentits. Confós, va mirar al seu voltant i de nou va descobrir aquell resplendor, ara tant a prop, pràcticament a tocar, que va tindre que aclucar els ulls. I de cop va intuir una figura femenina envoltada de llum. La força dels seus braços va disminuir fins al punt que va haver de baixar l'espasa. A la seua ment va acudir la imatge de la Mare de Déu, i no va poder evitar agenollar-se, sobtadament devot, davant aquella aparició, però quan ho va fer, la figura lluminosa va endarrerir, travessant els arbres darrere seu.
El guerrer va seguir a l'aparició, pregant ara perquè el perdonés pels seus crim, ara per a que no el deixara sol. No s'adonava que havia arribat de nou a la riera, i que la seguia cap al gorg on acabava, ara il·luminat per aquella imatge que s'havia aturat. Ell va aconseguir apropar-se, tant, que va poder distingir un rostre. Però si esperava trobar-se amb alguna de les imatges de la Verge Maria que havia vist a les esglésies, es va quedar corprès quan va descobrir que aquella cara era la de la seua mare. El mirava amb semblant afligit, tal i com la va veure per última vegada abans de marxar de casa. El soldat es va apartar, enfurismat, doncs es veia estafat, enganyat. Però també estava espantat. Va alçar la veu, maleint per aquella bruixeria, encarant de nou l'espasa cap a la imatge, retrocedint tractant de no ensopegar amb cap roca mentre l'aparició avançava cap a ell, fins que va trobar un forat entre la vegetació i va córrer cames ajudeu-me de nou cap al bosc.
I a mesura que s'allunyava del gorg, de nou l'aldarull de la batalla es va fer més patent en aquella nit. Estava confós, perdut, desorientat. Sentia els crits del combat, i esta vegada es va dirigir, com embogit, cap a ells, però per més que avançava no va trobar el que buscava. No va ser conscient de que estava fent voltes fins que, exhaust, es va aturar i va sentir de nou la remor de l'aigua. Es va adonar que estava a tocar del gorg, però ja les cames no li responien i es va deixar caure sobre els matolls, espasa en la mà, esperant l'aparició. I la figura lluminosa va tornar al seu costat. La seua mare, coberta de llum, el mirava amb aquella tristor que volia oblidar. Sense esperar-s'ho, es va ajupir al seu costat i li va somriure com quan, de ben menut, tornava del bosc. Ell, totalment impotent, no va poder evitar que les llàgrimes li davallaren galtes avall i va deixar que la figura, sense dir res, l'ajudara a tombar-se deixant que el seu cap reposara a la seua càlida falda. El guerrer va tancar els ulls mentre sentia aquella mà delicada i ferma acaronar-li el front, fins que tot el dolor va desaparèixer.

Més lluny, pràcticament a l'altra punta del mar, un marit va trobar el cos de la seua dona, que havia desaparegut a la nit, al costat d'una xicoteta riera a tocar del llindar del bosc. Estava agenollada, tota pàl·lida, amb l'esquena recolzada a un roure. Les seues mans descansaven a la falda, com si hagués estat sostenint quelcom preciós que de colp hagués desaparegut. I un somriure, com feia molt de temps que no li havia vist, s'havia quedat aturat al seu rostre fred. Les llàgrimes, no obstant, encara estaven càlides.
Uns dies després, l'home va rebre la notificació de que el seu fill gran havia sigut trobat mort, degut a les ferides causades durant el combat, prop d'un gorg a centenars de milles de casa. Havia sigut l'únic cos trobat quasi intacte del seu destacament, doncs els enemics havien cremat tots els cadàvers del camp de batalla.